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Tras los cristales

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Ilustración: Muchacha en la ventana, Joan Miró.

Podrían ser mis hijos y, según qué cultura y país de origen, hasta mis nietos. Sin embargo, siempre que comienza el curso veo a aquella niña ausente y solitaria que miraba por el ventanal del cuarto de la fisio a otras niñas, con faldita de cuadros y jersey gris, que entraban al colegio. El deseo distorsiona la percepión, según el test de Rorschach. Pero no, del sepia al blanco y negro y a la diversa gama de colores, desde entonces ha llovido mucho. “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos”, sentenció Heráclito.

Delicias se ha cambiado por Valdespartera; al francés le supera el inglés, que convive en muchas aulas con el castellano –cuando no se impone el catalán–, y en lugar del castigo del maestro puede tener más peso la denuncia de chavales y padres al docente. El mundo del revés del “Vamos a contar mentiras”, donde la gallina es un mamífero, el caracol un crustáceo y el Pisuerga pasa por “Madriz” –respuestas reales en los exámenes de aptitud para profesores–.

Pero hemos avanzado cantidad. El Donuts y la cartera se han reemplazado por mochilas con ruedas y móviles con Wassap. Mi sobrino menor es capaz de comunicarse con su madre del salón a la cocina a través de la tablet. Donde hay inteligencia hay esperanza. ¿Qué importan las faltas ortográficas si con las abreviaturas y el corrector todos nos entendemos?

Pero en serio, nuestros jóvenes prometen. “Papi, yo nunca seré corrupto. ¡Menuda la ha montado Barcenas!”. Política, deporte, catástrofes naturales, guerras… nada se les escapa. En cierto certamen literario, de cuyo nombre no conviene acordarme, los alumnos escriben sobre el desempleo, las separaciones de los padres, su futuro incierto, la enfermedad –mientras prefieren la hamburguesa a las frutas--. “Mira, colócate ahí, que está reservado. Luego yo te toco el pulsador para que bajes”, comentaba un chiquillo de no más de ocho años en el autobús a una compañera que utiliza silla.

Otro cantar es la Lengua, el Cono, las Mates. Los terapeutas escolares no van a tener paro en unos años. Más escasez hay de cuidadores y profesores de apoyo para alumnos con otras necesidades especiales. ¿Crisis solo económica? En el fondo, ni el cauce de los ríos ni el alma humana ha cambiado tanto desde Antonio Machado: “Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de lluvia tras los cristales”.

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "Día a día", martes 17 de de septiembre de 2013).

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