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¿Un año con estrella?

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Foto www.eltiempo.com

Fue hacia el 16 cuando la vi tan grande y luminosa, como pocas veces. Entendí un buen presagio en aquella luna, todavía creciente, reflejo de la unión de Júpiter y Saturno, tan anunciada.

El 21 de diciembre, solsticio de invierno, nos regalaba el cielo el culmen de un espectáculo especial: la conjunción de los dos planetas y una luna creciente en todo su esplendor. Según parece, es la misma luz de la estrella que guió a los Magos de Oriente desde Tarsis a Belén. Johannes Kepler (1571-1630) fue el primero en recoger el dato. Según fuentes históricas, el fenómeno se produciría el año 7 a. de C. Saturno representaría a Israel; Júpiter, al Rey de Reyes (Joseph Ratzinger, La infancia de Jesús).

“Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino” (Mateo 2, 9-12). Siempre me he sentido heredera de los Magos. Mi primer poemario, Epifanía de la luz, rememora las sombras de los cuentos que vislumbré en la infancia.

Un paraíso que añoramos y creemos clausurado en la frontera de la primera niñez a la pubertad. Sin embargo, obviamos que Jesús pertenece a una humilde familia de refugiados, que tuvo que emigrar para salvar la vida. Conoció la penuria desde niño; también la cercanía de la tierra y sus gentes: “Jesús nació probablemente en Nazaret. Solo en los evangelios de la infancia de Mateo y Lucas se nos habla de su nacimiento en Belén, lo hacen seguramente por razones teológicas, como cumplimiento de las palabras de Miqueas (Siglo VIII a. C,); “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá” (MIqueas 5,1)” (José Antonio Pagola).

Por eso, pedí a Sus Majestades el oro de la prosperidad para todos, el incienso de unas más altas miras y la mirra de la buena muerte. Y que Jesús nos limpie de la lepra. Tantos ancianos solos; familias que han vivido un duelo robado; pequeños que han sufrido y se han sentido culpables; parejas rotas para siempre; mujeres maltratadas en un confinamiento atroz; personas con discapacidad sin asistencia. Son su pesebre.

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "El Meridiano", viernes 8 de enero de 2021).

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