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Los duendes de la infancia y la memoria

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Cuentos de infancia

Ana María Matute, Ediciones Martínez Roca, Madrid, 2002, 224 pags.

Foto EFE

Nos sucede de niños. Las personas mayores no entienden nuestro mundo, nuestra propia visión del universo, ese lenguaje mágico en el que hablan los gnomos. Luego crecemos, y pensamos, ausentes, que esos pequeños que corren por la casa no saben del secreto de la luna. Como escribió la autora: “Sólo los adultos que conservan en su interior algo del niño que fueron se salvan de la mediocridad y de la vileza de sentimientos”.

Tenía cinco años y comenzó a escribir. Dibujar ya sabía. De los hermanos Grimm al espejo de Alicia o Peter Pan, y Andersen ante todo. El muchachito huérfano, la belleza, el amor; el reino de las hadas o los objetos que cobran habla y vida… Historias recreadas con la sabia inocencia de quien se sabía ya escritora, con toda la ironía, fantasía y frescura de una de nuestras más grandes novelistas. El celo de su madre, que supo resguardarlas del olvido, y la Ana María Matute Collection de la Universidad de Boston han hecho posible publicarlas, casi intactas, ilustraciones y caligrafía.

Y quedan reflejados los vicios de los niños, ya sea la pereza (como luego en Los niños tontos); o los grandes defectos de los hombres, la injusticia social y la avaricia (eje central de Primera memoria). Porque en Ana María alentaba una clara conciencia del entorno, y junto a la belleza aparece un mundo de seres contrahechos, Volflorindo y la muñeca coja, donde “los cinco son sillas de inválidos” (pág. 64). Y una imaginación que se desborda. Objetos y figuras geométricas, florecillas y libros con un don de lenguaje y sentimiento (en Sólo un pie descalzo reaparece el tema). Y la literatura dentro de la literatura, personajes que escriben o que saltan al mundo del fondo de los cuentos: “¿Es cierto lo que ocurre?… ¿O es mi imaginación?…” (pág. 58).

La herrería o un estercolero, la lluvia o el desván… cosmos llenos de magia que realmente existen. Pero “Los niños crecen, y al hacerse mayores se vuelven excéepticos y nos olvidan, incrédulos” (pág. 180). Esa cálida magia que nos va iluminando el corazón a través de una prosa precisa y elegante, lírica en ocasiones: “Era una niña de trenzas apretadas, delgaditas, cortas y retorcidas como la cola de un ratón, y tan suaves y brillantes que parecían de seda” (pág. 134). El diálogo, la soltura del lenguaje, los giros coloquiales, la descripción cuidada de un instante, un entorno, un personaje… Con doce años dominaba el color de la metáfora, y a los catorce la más compleja alegoría.

La ternura y el clarividente despertar de una adolescente prematura; pero también, como en las narraciones marcadas por la guerra, el pasmo estremecido: “-¡¡Rjokwi!!- gritó en un desgarrador grito, y se lanzó sobre él desesperadamente” (pág. 127). Y junto al sucederse cotidiano –comidillas entre niñas y niños, una mañana en clase o normas del buen uso—, cómo va fabricándose el barniz del espejo con esencia de rayos de la luna: “Se esconde poco a poco, porque de tanto como le cortan, se queda hecha una lástima…” (pág. 82).

Y la autora, excelente psicóloga y retratista, se nos va reflejando en cada personaje; en Didín, ese niño corriente, o en esos jovencitos tan hermosos que no perdieron todavía el don de imaginar. Los adultos, de tan listos que llegan a creerse, se nos muestran ridículos: “…‘porque es muy recto, y tú tienes que ser como él, Eduardín, muy recto, muy recto’… y es jorobado” (pág. 39). El estudio es el mayor enemigo de los duendes: “En la escuela vive el duende más travieso de todos. Él es quien distrae a los niños haciéndoles seguir el vuelo de una mosca” (pág. 190). Acaso el secreto, como en Olvidado rey Gudú, esté en no olvidar.

María Pilar Martínez Barca.

(Heraldo de Aragón, «Artes y Letras», jueves 12 de diciembre de 2002).

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