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Toda una vida

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A mis tíos

Vivimos siempre en el mismo edificio, tabique con tabique. Amigos, instituto, la carrera… Casualidad o no, nos fuimos distanciando unas cuantas manzanas. Y tú, tío, seguiste acompañándome a las aulas, un día y otro día, haciéndome recados, narrándonos historias de tu infancia, trasvasándonos amor. Mientras tú, tía, venías a la casa a ayudar, o emprender una labor, mi amiga y confindente, siempre ahí. Con la silla de ruedas automática sería más autónoma, pero no de cariño.

Os hicisteis mayores, y me dolió. Un día no pudisteis subir al autobús. Y os ibais sintiendo más cansados, doloridos, con el peso del tiempo a las espaldas. Empezaste a decir, tan aprensivo, que pronto no andarías. No pude soportar ni siquiera la idea. Era como un reflejo de mí misma, pero un reflejo oscuro, y sin retorno. ¿En quién iba a apoyarme? Y os fuisteis alejando unas manzanas más, todo un barrio, o un mundo. No podía visitar la residencia. Me dolía la vida, como un vértigo.

Después, querida tía, te irías apocando, en una silla, semiciega, en penumbra. Más niña cada vez. Sólo ahora que sé que estaremos ya juntos para siempre, vuelvo a jugar y recrearme con vosotros, como cuando era pequeña. Y les pido a los Reyes que os dejen sus regalos en mi terraza. Como aquel almanaque, del que pasabais hojas, cada santo, con chistes y acertijos. Si algún día os vais antes que yo, allá, a vuestros campos de la infancia, si Dios así lo quiere, seguiréis para siempre en mi interior. Pero aún queda mucho que jugar, estaciones enteras, un largo tiempo.

                                        María Pilar Martínez Barca

(Humanizar, «Desde mi sillón», Nº 56 -Madrid, mayo-junio 2001-).

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