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Ser padre

“Habría sido feliz de tenerte como amigo, como jefe, tío, abuelo” (Carta al padre). Los padres de hoy en día poco tienen que ver con el padre kafkiano, tan distante; ni con Edipo Rey y sus complejos –afectos desmedidos del hijo hacia la madre, aversión por el padre-; ni siquiera con Borges: “Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. Cuando quiero escandir versos de Swinburne, lo hago, me dicen, con su voz” (Posesión del ayer). El padre del tercer milenio es mucho más sencillo y cotidiano, de andar en zapatillas, de poner y quitar.

Para empezar, toma la mano a su pareja en el mismo momento de parir. ¿Cuándo se vio tal cosa en los tiempos de Sófocles –el autor del Edipo-, ni en la casa de Ramón y Cajal, centrado como estaba en paliar los dolores de la esposa multi parturienta? El papá del siglo XXI es mucho más cercano y entrañable, como el de nuestra más tierna niñez: “Haga memoria, regrésese como a eso de los tres o cinco años y recuerde a quién tenía por todopoderoso en su cabeza. Seguramente vendrá su papá, o la figura que le corresponde. Es probable que también recuerde la entonación especial que usaba para decir mi papá” (Anthony Browne).

Los papás de ahora mismo son también canguros y cambia pañales, amos de casa, profes para hacer con los hijos los deberes… cuando vuelven a casa del trabajo –los que tienen esa suerte-. “Cualquier padre responsable y razonable sabe (...) que, delante de sus hijos, en la vida cotidiana, debe abstenerse de cierta incuria (...) en las relaciones familiares, de cierta falta de disciplina y permisividad”, escribe Dostoievski en su Diario. Pero los hay ausentes, que desaparecen por birlibirloque: “Como se hizo un poco tarde, nos sentamos a cenar: Patricia, mi mamá y yo, solos. Y me acuerdo que a cada rato ella se asomaba por la ventana” (Silvia Schujer). Y también padres duplicados, familias monoparentales –de padre o madre únicos-, compartidas…

La figura del padre puede ser cuestionada, actualizada… pero es siempre fundante, insustituible: “En medio de su degradación, se aferró a la realidad de que todavía era el hijo de su padre” (Henri J. M. Nouwen, El regreso del hijo pródigo).

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, «Opinión», “El meridiano”, martes 29 de marzo de 2011).

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