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La niña interior

“Era una niña de trenzas apretadas, delgaditas, cortas y retorcidas como la cola de un ratón, y tan suaves y brillantes que parecían de seda” (Cuentos de infancia). Tenía cinco años y comenzó a escribir. Dibujar y leer, descifrar las hileras de hormiguitas sobre el espacio en blanco, sabía ya de sobras. De los hermanos Grimm al espejo de Alicia o Peter Pan, de Chejov a Andersen, más que nadie. El muchachito huérfano, la belleza, el amor; el reino de las hadas o los objetos que cobran habla y vida… Con doce años dominaba el color de la metáfora, y a los catorce la más compleja alegoría. ¿La magia de los bosques?

“La abuela me llevó al pueblo, a su casa. Qué gran sorpresa cuando desperté con el sol y me fui, descalza, aún con un tibio sueño prendido en los papados, hacia la ventana” (Primera memoria). Cuentan que esa novela es como un tránsito, adolescencia precoz que se enfrenta de golpe a lo cruel, al tiempo más oscuro de su trilogía “Los mercaderes”. Pero no, antes ya existirían Los Abel y Pequeño teatro, el cainismo y la vida como absurdo; y mucho antes el pasmo de la guerra, el hombre asesinado en mitad de la calle, la enfermedad, la incomunicación… aunque también esa luz azulada de los azucarillos en el rincón más lóbrego.

De La torre vigía a La puerta de la luna, espacios a la vez simbólicos y vividos en el origen; de Paraíso inhabitado o Aranmanoth, donde “los pueblos cuidan y protegen sus leyendas”, hasta Olvidado Rey Gudú nos vamos adentrando en el bosque. “En un lugar que nadie recuerda, pero que se sabe que estuvo en el corazón inhóspito del continente”. Y, sin embargo, todo estaba en los cuentos.

Asombra cómo la pequeña Ana María refleja ya los vicios de los niños (como luego en Los niños tontos), o los grandes defectos de los hombres. O alienta la conciencia del entorno, y junto a la belleza aparece un mundo de seres contrahechos, que a su vez la enternecen: Volflorindo, la muñeca coja, o la metáfora “los cinco son sillas de inválidos”. Décadas más tarde confiesa la académica: “Sólo los adultos que conservan en su interior algo del niño que fueron se salvan de la mediocridad”.

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, «Contraportada», “La columna”, martes 3 de mayo de 2011).

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