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El Papa y los enfermos

Cuando meses atrás anunció el Vaticano la visita a Madrid de Benedicto XVI con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), una expresión me hizo reflexionar: “A las 19.40, hora local, [del sábado 20 de agosto] visitará la Fundación Instituto San José, un centro para enfermos gestionado por la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios”. ¿Enfermos? ¿Internos? ¿Discapacitados?

Según Memoria de 2010, la Fundación cuenta con 392 camas hospitalarias, 1.681 ingresos y 130.280 estancias; acogiendo a enfermos de cuidados paliativos, pacientes de recuperación funcional, afectados de lesión medular o daño cerebral, personas con discapacidades intelectuales o residentes geriátricos.

Para mí, lega en la materia, todas las nieves son iguales. Craso error. No es la misma epilepsia que en tiempos de Jesús; o cuando en 1899 el Marqués de Vallejo y San Benito Menni fundaron el Asilo San José. Nada que ver un accidente de parto o de tráfico con una ELA.

De pequeña yo estaba mucho enferma, con anginas. La parálisis cerebral es una simple huella en el espejo. Cada rincón secreto del lenguaje cobra pleno sentido. Y la historia se repite: cuántas veces queremos entrar en la piscina, igual que el paralítico, y otros nos han quitado ya la vez. ¿Somos eternos sísifos?

Él no vino a dar salud a los sanos, sino a los enfermos. Y en una sociedad como la nuestra, de tanta indignación y tanta noche oscura en la mirada, lo más íntimo del ser adolece de estado terminal. Pero un discapacitado puede no estar enfermo. ¿Paradoja? Sentido común.

Muchos pasamos ya la etapa médico rehabilitadora: si eres diferente has de curarte. ¿No puede ser un ciego mucho más lúcido? Ahí tenemos a Borges. Algunos siglos antes alguien lanzó la duda: “¿Quién pecó, este o sus padres?”. A lo que Alguien respondió: “Ni este ni sus padres. Está ciego para que se manifieste la gloria de Dios”.

La nuestra es otra era: el cielo y los derechos para todos. Quizá la Iglesia vaya también en eso a la cabeza: del asistencialismo a la asistencia personal que tantos diversos funcionales (discapacitados) precisamos. Nuestro Papa si está a la altura de los tiempos, como San Juan de Dios y San Camilo. Vino a inyectarnos Vida en abundancia.

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, «Opinión», “El meridiano”, martes 16 de agosto de 2011).

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