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Sin candado

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Foto: www.asociacion,cz/index.php/reportajes-aec. Pozo de Calisto y Melibea, en el huerto del mismo nombre (Salamanca), uno de los muchos rincones del mundo, donde los enamorados cuelgan sus candados, símbolo y testigos de fidelidad,

Han cambiado las formas. Del corazón grabado en un árbol, al candado de metal. Todo comienza en la novela Tengo ganas de ti, del italiano Federico Moccia. Y del Puente Milvio, los candados o cerrojos –eh ahí la confusión– han viajado a todas las ciudades. Al “olmo viejo, hendido por el rayo” machadiano o el “Romance del Duero”, de Gerardo Diego, parece haberlos suplantado Cerrojos (del amor y del misterio), del mexicano Artemio González García; o versos como estos: “Quizá el amor sea una puerta abierta / a la que el tiempo añade / cerrojos oxidados” (Amando García Nuño). No es así.

En cierta web leemos: “… el cristiano podrá empezar a entender que debe tener puestos los cerrojos para no enamorarse de quien no debe”. Veo más atractivo el Cantar de los cantares: “Bésame con los besos de tu boca”, tan querido por San Juan de la Cruz. Amemos sin temor. Eso sí, que las adolescentes no se dejen controlar el móvil. Ya en las jarchas mozárabes y en las cantigas de amigo se cantaba el amor en labios de mujer: “Mi señor Ibrahim, / oh tú hombre dulce, / vente a mí / de noche”.

El amor es placer. La manzana del Génesis se transforma en pureza en la tercera égloga de Virgilio: “Me tira una manzana Galatea, / moza alegre, y huyendo va liviana / a esconderse en los sauces”. Símbolo que hereda Lorca en su deseo por los jóvenes: “Quise las manzanas verdes, no las manzanas rosadas” (“Eros con bastón”).

Amar tiene mil rostros: “Los veleros son las alas del amor” (Luis Cernuda). “Como el primer cigarro, / los primeros abrazos” (García Montero). “Yo la quise, y a veces ella también me quiso” (Pablo Neruda). “He aprendido a amar a los hombres en el momento en que aspiraba, / con todas mis fuerzas, a ser amado” (Edmond Jabés). “… ahora / que la virginidad navega todavía / como un barco por oscuros telares, / […] / qué hacer en medio de la tarde” (José Ángel Valente).

Lo que no parece sensato es ponerse cuatro anillos de acero en el pene. Más lírico y coherente, Francisco de Quevedo: “… serán ceniza, más tendrán sentido; / polvo serán, más polvo enamorado”.

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "Con DNI", viernes 12 de febrero de 2016).

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