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Boda en la siega

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Foto Jesús Alba

            El calor hacía mella en los hombres que habían venido de Extremadura. La cuadrilla, armada de hoces en una mano y zoquetas en la otra, terminaba la siega de  aquella hacienda a primeros de Julio. De nuevo, los campos se quedarían desnudos. Ahora, tocaba el turno de las mulas que portaban el trigo y la paja. Hicieron gavillas y poco a poco serían acarreadas en la galera. Pronto, los pajares rebosarían. Si no había tormentas, a finales de mes, el trigo se apilaría en costales de arpillera a la espera de que vinieran a pesarlo y comprarlo. La cosecha había sido buena por lo que venderían muchas fanegas a los tratantes de Soria o de Valladolid.

            En las afueras de la población, había varias eras que los vecinos se turnaban en utilizar, con el fin de proceder a la trilla. Previo a esta faena, las eras circulares habían sido aplanadas con el rulo o ruejo: una piedra cilíndrica que servía de apisonadora.  Después, el trigo y la paja se desparramarían en el suelo. El primitivo trillo, con las cuchillas y piedras de pedernal vueltas hacia abajo,  era enganchado a un mulo que tiraba de él, dando giros sin cesar por encima de aquella parva. Cuando se creía conveniente, se renovaba el grano y la paja para seguir dando vueltas y más vueltas. La paja era recogida y amontonada en los pajares, o incluso dentro de las casas, con el consiguiente peligro de incendio que esto suponía. Las existencias deberían durar hasta el año que viene.

            Llegado este momento, era cuando las mujeres adquirían más protagonismo. Cada una, ataviada con delantales fuertes y pañuelos en la cabeza, portaba un cedazo y se disponían a cribar el grano, sacando así todas las pajas, hierbas y piedras, o sea, la granza, que acompañaba a revueltas del grano. Días y días cribando. Los segadores extremeños se irían a otras haciendas que los contrataran, cuando hubieran cobrado. En aquellos pueblos castellanos de secano nada se hacía sin dinero. Todo debía llevar el consiguiente precio. Los agricultores debían de adelantar siempre los sueldos de los obreros. Tenían que jugársela. Si teniendo la cosecha en la era venía una tormenta con granizo y se perdía la mayor parte, como alguna vez ocurrió, perdían cosecha y sueldos. Por eso, apuraban el trabajo de la era porque era el peor momento de todos, el más arriesgado.       

Aquel verano del 32, Jacinto Sisamón, agricultor de tierras de Castilla, se daba cuenta de que las fuerzas que en otro tiempo le acompañaban, ahora le habían abandonado. Ya contaba con 55 veranos a sus espaldas y su vida había sido penosa.  Toda ella la pasó batallando con los campos de labor. Labrando con caballerías cuando era tiempo de labranza y había tempero. Retirando piedras de los campos para ponerlas en las lindes o ribazos. Afanándose porque su familia tuviera qué comer. Y siempre mirando al cielo no queriendo ver aquellas terribles nubes preñadas de granizo.

 Fue dolorosa y triste la pérdida de su esposa Lucía. Con la sensación del deber cumplido, no le quedaba más remedio que, poco a poco, dar paso a sus hijos Mariano, el mayor y Lucas, el benjamín. Sus hijas, Rosita y Antonia aún eran jóvenes. Las casaría con mozos del pueblo o de los alrededores, pero bien situados económicamente, para que no pasaran estrecheces. No se merecían menos.

            Por ahora, Jacinto procuraba vigilar las labores en la era. Cuidando de los mulos y limpiando los albardones de paja. Pero sin quitar la vista a aquella cuadrilla de mujeres que se esforzaban en la tarea de cribar el trigo en un corro. Ellas no paraban de mover sus manos. Con un golpe de muñeca, lanzaban la paja hacia arriba, quitando el cedazo en el último momento. El grano quedaba dentro y la paja volaba para caer al suelo, en el centro de aquel círculo de mujeres.

            Mariano,  el mayor,  estaba en la edad de encontrar novia y aquel era un buen momento. Junto a sus dos hermanas, estaban las empleadas. Gregoria, Abilia, Manuela y Hortensia. El grupo de seis mujeres no cesaban de cuchichear. De vez en cuando, Manuela, la de más edad, provocaba a Mariano para que les dijera el nombre de su  novia. Mariano se defendía diciendo que aún no había decidido, pero la futura madre de sus hijos, se hallaba no muy lejos de aquella era, dejando entrever que era una de las cuatro braceras. Todas rieron al unísono. Hortensia y Abilia se ruborizaron al escuchar expresarse al mozo casadero. Ambas se sabían las afortunadas dueñas del corazón de Mariano aunque nunca hubieran hablado de ello. Las dos mozas veían una buena oportunidad para entrar a formar parte de aquella hacienda. Ya no trabajarían más por cuenta ajena ganando unos pobres sueldos por una jornada de sol a sol. En aquella casa, se mataban tres tocinos cada año y el corral estaba siempre lleno de gallinas y conejos. No pasaban hambre, a no ser que la temida tormenta con granizo viniera a destrozar los cultivos. Manuela, sin embargo, sabía que ella no podía optar a ser su novia. Había quedado claro que no le gustaba. Además, ella había andado con otros novios antes. Era amiga de retozar en los pajares, acompañada de algún hombre sin reparos.  Por otra parte, Gregoria era tímida y muy humilde. Continuamente dispuesta a agradar con una hermosa sonrisa. Pero debido a su timidez, siempre andaba en un segundo plano, dejando la voz cantante a sus compañeras. Por lo cual, ella misma se excluía.

            Mariano conocía la manera de pensar de cada una de ellas. Se sentía utilizado. Pero su padre le daba buenos consejos. Le decía que un hombre como él no podía quedarse soltero. Una mujer era el apoyo de cualquier agricultor de aquella zona. Su madre, había fallecido hacía dos veranos. Ella siempre le preparó para cuando se casara. Así que, viendo cómo pensaban sus padres, se dispuso a dar el paso.

            Una vez que el sol hubo desaparecido detrás del horizonte y próximo el anochecer, las mozas recogieron los cedazos y se dispusieron a volver a sus hogares.  Un último trago del botijo y se marcharían.  El padre ordenó a Mariano y Lucas que las acompañaran. No se atrevía a dejarlas volver solas. No sabía lo que iban a encontrar en las afueras del pueblo. Aquella cuadrilla de extremeños aún andaban por la comarca esperando ponerse en marcha hacia otros campos que los emplearan a destajo.

            —Venga, Mariano. ¿Mañana nos dirás cuál de las mozas va a ser la elegida o tenemos que llegar a ser unas viejas arrugadas? Que no te vamos a esperar toda la vida. Decídete, muchacho.

            —Sí, mañana os lo diré. Como no tengo muy claro quién va a ser, lo dejaré al azar. Se me ha perdido el anillo que me dejó mi abuelo en herencia. Creo que ha sido en el montón de la parva. Aquella que lo encuentre, será la afortunada.

            Abilia y Hortensia se miraron ilusionadas. Al día siguiente se esmerarían por encontrar aquel preciado anillo. Ambas durmieron poco aquella noche. Abilia, inmersa en sus fantasías, imaginando la vida de señora que le esperaba. Hortensia, disfrutando por su victoria ante las demás, haciendo que murieran de envidia por llevarse al mejor mozo de la población.

            A la mañana siguiente, al rayar el alba, las dos hijas de Jacinto y las cuatro jornaleras estaban de nuevo cerniendo la parva. Toda la mañana estuvieron pensando en el anillo. Por eso, se afanaron en trabajar lo más rápido posible. Cuantas más veces llenaran el cedazo, más posibilidades tenían de encontrarlo.

            La hora de la comida llegó. Unas migas a la pastora, sirvieron de condumio, regadas por un vino recio con cierto sabor a vinagre. Después, se acostaron encima de la paja, para dormir una siesta corta, evitando así las horas de más calor. En los momentos de descanso, era cuando volvían a la carga acerca del casamiento.

            —Dinos, Mariano. ¿Y si no encontramos el anillo?

            —Entonces, me quedaré soltero. Pero seguro que lo encontraréis.

            La tarde transcurría despacio. El polvo de la era se convertía en pequeños torbellinos cuando la brisa suave pasaba a ser viento fuerte. Era bochorno. Aire cálido proveniente del sureste. Como mejor se aventaba era con viento de arriba, del Norte. Lucas, el hijo pequeño, con una horca de madera, echaba grandes puñados de paja a lo alto, viendo como  ésta, que pesaba poco, salía volando y los granos caían al ser más pesados. También,  se encargaba de amontonar el grano con un rastrillo y un escobón para que las mozas lo recogieran. Mariano se ocupaba de que no les faltara material para su trabajo. Además, la paja sobrante era amontonada en el pajar. De vez en cuando, los dos hermanos se ocupaban de aplastarla, pisándola y saltando, dejándose caer en blando, dando piruetas en el aire. Era lo que más les gustaba de la trilla.  De esta manera, metían el triple de paja en aquella vieja construcción. En otros tiempos, la parte superior había servido de palomar, pero hacía años que nadie se ocupaba de criar pichones.

            Cuando el sol había recorrido los tres cuartos del cielo, las sombras de las casas cercanas se prolongaban sobre la era y el calor disminuía.

            Mariano se acercó a ellas con el botijo. Todas sonrieron al verle. Hasta sus hermanas adivinaron el juego que se traía.

            —¿Qué? ¿Cómo va la búsqueda?— preguntó Mariano, echando un trago largo.

            —Aquí seguimos. ¿Seguro que lo has perdido? ¿O es una estrategia tuya para que laboremos con diligencia?— respondió Manuela exigiendo con la mano extendida que le pasara el botijo.

            —No. Os puedo asegurar que el anillo existe, —y girando la vista hacia su padre, le preguntó a voces —Padre, ¿aquellas nubes de allí traerán granizo?

            Fue el momento, en que todos miraron hacia el punto que señalaba Mariano. Hacia la Sierra madrileña, unos nubarrones se habían formado no hacía mucho.

            —No tengas miedo y pierde cuidado. Aquellas nubes van a contraviento. Hoy no nos toca a nosotros, pero puede que descarguen sobre aquellas tierras.

            Todas las mozas habían parado su trabajo y con la mano a modo de visera, se dispusieron a mirar el frente nuboso que pronto desaparecería, movido por el viento.

            Ninguna se dio cuenta que Mariano, zorro viejo a pesar de su corta edad, había deslizado el anillo en uno de los cedazos. Estaba claro que no iba a dejar al destino que eligiera a su amada. De hecho, en secreto sabía quién iba a ser. Bastaba urdir un plan y que éste surtiera efecto.

            Las mozas continuaron con la cernida. Como cada tarde, comenzaba el dolor de espalda y de brazos. Pronto anochecería y descansarían. Además, hoy había un premio añadido. Hortensia y Abilia se bregaban para encontrar el anillo. Manuela les enardecía con sus palabras y arengas. Gregoria permanecía a la expectativa.

            Hortensia creyó ver algo brillante en su cedazo. Lo depositó en el suelo y lentamente con sumo cuidado, volteó el trigo. No, esta vez su vista le había jugado una mala pasada. Todas vieron su decepción.

              Abilia, desesperada, se dio por vencida al no encontrar nada.

            Entonces, Gregoria, la más modesta de todas, apartó el trigo para recoger una piedra pequeña que se había colado entre los granos.

 ¿Una piedra? No. Era el anillo de oro. El destino y  Mariano le habían elegido a ella.

De esta manera, Mariano supo apartar “el grano de la paja”.

(Daniel Vera Mateo, Zaragoza. Accésit II Certamen de Relato Breve "Villa de Velamazán", agosto 2019).

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