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Un pedazo de tierra en Teruel

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Foto Jesús Alba

            El primer Juan nació en uno de los pueblos que salpican Teruel allá por 1899. Pasó su más tierna juventud jugando con un verdadero enjambre de niños. La ribera del río Jiloca, los campos aledaños en los que crecían el trigo y la cebada y los montes de bosque mediterráneo en los que de vez en cuando majestuosas sabinas milenarias se erigían sobre un ejército de carrascas fueron su campo de juegos. No obstante, muy pronto tuvo que enfundarse la hoz y el rastrillo para echar una mano a sus padres, pues era el mayor de sus ocho hermanos.

            A los veintinueve años fundó su familia y un año después nació su primogénito; el segundo Juan. El primer Juan heredó entonces unas yubadas, lo que trajo consigo que tuviera que hacerse cargo de padre y de madre, que acababan de convertirse en abuelos. Tenían sesenta años pero sus cuerpos eran ya los de dos ancianos tras largas décadas bajo el polvo, la niebla, el viento y el sol de aquellas áridas tierras aragonesas. De aquel legado recibió varias yubadas de campos, una era, un lote de monte y una única yubada que lindaba con el río. Aquella siempre había sido la joya de la familia pues gozaba de un eficiente sistema de regadío que le permitía producir exuberantes frutas y hortalizas.

            La infancia del segundo Juan fue más difícil que la del primero, pues le pilló la guerra. Sin embargo, y descontando la carestía de alimentos y bienes, el primer Juan trabajó arduamente la tierra heredada para sacarle el máximo rendimiento. Con los ahorros que producía cada año fue aumentando su patrimonio. Primero compró una mula y posteriormente cerdos, gallinas y un hatajo de ovejas. Las rentas de los productos animales, junto con las de los cereales y el azafrán, que aunque cultivarlo resultaba tremendamente laborioso, era muy lucrativo, le permitieron poco a poco ir comprando más lotes de tierra. Este segundo Juan no tuvo tantos hermanos. Carmen, su madre, además de esbrinar, aviar los animales y coser gorros y guantes para una fábrica local, dio a luz a un total de cinco hijos.

            Pero llegó la fecha en la que el segundo Juan cumplió los treinta años y, con ello, un tercer Juan hizo acto de presencia en el mundo. Corría el año 1959. Hacía tiempo que la guerra había acabado y el país comenzaba a asomar la cabeza tras varios años de penurias, pobreza y desolación. Este tercer Juan tuvo una vida más fácil. Mientras su padre, el segundo Juan, heredaba la tierra y se ponía a trabajarla con aquel espíritu centenario que se había transmitido generación tras generación, el joven pudo salir a estudiar a un pueblo cercano, uno de mayor tamaño que permitía tener un instituto. De cualquier forma, todos los veranos regresaba a casa para ayudar a recoger la mies. Con ello, el tercer Juan pudo aprender el oficio de sus antepasados y, además, detestarlo. Pese a ello, los veranos siempre eran gloriosos en el recóndito pueblo de Teruel. Los descendientes de aquellos hombres y mujeres de principios de siglos eran muy numerosos. Ellos todavía no lo sabían pero estaban viviendo en una fecha que sería un punto de inflexión en su historia. Ya nunca más el pueblo tendría tantos niños, una escuela tan llena, una población tan joven y un dinamismo tan frenético. A partir de aquel momento el pueblo, que tanta gente noble y trabajadora había dado a lo largo de los siglos, comenzaría un inexorable declive hacia la muerte.

            El tercer Juan tuvo dos hermanas. Los tres estudiaron y cuando cumplieron dieciocho años se marcharon del pueblo para no volver. Ese Juan fue el primero de su linaje que no heredó la tierra a los treinta años. Fue por ello por lo que el segundo Juan se vio en la tesitura de seguir siendo agricultor pese a haber alcanzado la jubilación. De cualquier forma, las medicinas, las vacunas y una mejor alimentación habían conseguido que se conservara mejor y más joven que sus padres a la misma edad.

            El tercer Juan, el que nació en el 59, consiguió trabajo como encargado en una fábrica de Zaragoza. Sin embargo, todavía necesitó que su padre le hiciera algunos préstamos sin idea de retorno. La vida en la ciudad era cara. Necesitaba un coche y un piso y con su salario no le llegaba para ello. En 1989 nació su primogénito, el que sería el cuarto Juan, y con ello la familia tuvo que afrontar nuevos gastos.

            El segundo Juan envejecía y no tardó en comprender que no dejaba en el mundo a ningún descendiente que se hiciera cargo de las tierras que su familia había trabajado durante décadas. Al principio aquello le entristeció pero poco a poco fue comprendiendo que aquella era la nueva dinámica de vida en los pueblos perdidos de Teruel. Luchar contra ello resultaba fútil. Cuando se dio cuenta de que estaba perdiendo facultades se reunió con su hijo, el tercer Juan, y puso en venta todas sus propiedades. La inyección de capital fue considerable y, como él ya cobraba una modesta pensión y no tenía ni necesidades ni ambiciones, se lo dio todo a su hijo. Con el dinero pudieron mudarse de su piso de 60 metros cuadrados a uno de 90, mucho más céntrico.

            Posteriormente, el segundo Juan enfermó. Su hijo no podía hacerse cargo de él, pues dedicaba muchas horas a su trabajo para recibir un sueldo aceptable. Por ello, aquel Juan nacido en 1929 dio con sus huesos en una residencia. Estaba limpia, comía bien y el personal era muy agradable. Su hijo había conseguido optar a unas ayudas que le permitieron conseguir aquella plaza, pues era sustancialmente mejor a las demás.

            En estas, el tercer Juan, ahora convertido en el cabeza de familia —entendiendo aquello como el Juan más longevo que todavía gozaba de poder y libertad—, tuvo que preocuparse por dar a su niño un futuro. Aquel cuarto Juan gozaba de cosas increíbles: Internet, teléfonos móviles, viajes, idiomas… Ya no tenían la tierra como colchón, de modo que el pequeño tenía que estudiar o aprender un oficio.

            Eran tiempos benignos para el escondido pueblo de Teruel. Aunque la población no hacía más que descender y envejecer, los aires en el país eran propicios y había mucho dinero para invertir. Los alcaldes, que pugnaban por ser reelegidos cada 4 años, gastaron gran cantidad de dinero en embellecer calles, parques o incluso construir un museo temático. No llegaron a abrirlo pero permitió contratar durante varios años a la hija de uno de ellos. Algunos sugirieron la posibilidad de invertir aquel dinero en industria o turismo pero fueron ninguneados de la misma manera que a nivel nacional los políticos se morían de la risa cuando alguien recomendaba gastar más dinero en I+D y menos en lo que pronto sería un “pelotazo urbanístico”. La gente quería pisos, ¿no? España siempre había sido un país poco poblado pero los pueblos se morían —o se estaban dejando morir— y la gente rural anhelaba mudarse a la ciudad. Poco importaba la pirámide invertida de la población, los atascos o los peligros de concentrar a los trabajadores en solo un par de sectores. Si esto explotaba sería dentro de, al menos, más de los cuatro años que duraba una legislatura.

            Y explotó, ¡vaya que si explotó! En 2008 la economía quebró y con ello el tercer Juan acabó mordiendo el polvo. Perdió su trabajo, subieron los tipos de interés y lo empezó a pasar verdaderamente mal para pagar sus préstamos. La familia tuvo que apechugar pero entre unas cosas y otras fueron bregando la situación. Cuando la tormenta acampó, el tercer Juan seguía entero, pero había perdido mucho por el camino. Sus ahorros habían desaparecido y, sin saber muy bien cómo, ya no se consideraba clase media.

            Pero las cosas mejoraron y en 2019 el cuarto Juan ha llegado a los treinta años. No tiene pareja y no contempla formar una familia a corto plazo. Está bien formado pero no tiene trabajo. Tener un quinto Juan solo complicaría las cosas, de modo que lo pospone. Ya solo va al pueblo en fiestas y reconoce que allí sí que se lo pasa uno bien.

            No sabe qué será de ese quinto Juan que todavía no existe y qué peligros deberá afrontar. Sin embargo, a veces cree que la vida sería más fácil y digna si tuviera un pedazo de tierra que cultivar y mimar, tal y como hicieron los Juanes que le precedieron. Tiene más cultura, educación y tecnología que sus antepasados pero en ocasiones reflexiona sobre cuál de todas fue la generación más feliz. Hay momentos, incluso, que llega a pensar que crear un pequeño ser humano, convertirlo en un adulto y crear alguna “cosa” más (una casa, una granja, una huerta, una acequia, un campo…) puede llegar a ser mucho más satisfactorio que poseer el último iPhone, visitar un país exótico con la mochila al hombro o hacer ese fabuloso y caro curso online que te abre las puertas del mercado. Sin embargo, el cuarto Juan suele evitar esas reflexiones, pues le deprimen. De cualquier forma, siempre encuentra estímulos con los que despistarse y no pensar demasiado en esas cosas (la televisión, las redes sociales, el móvil…).

          Por el momento, sabe que, aunque se esté muriendo, todavía puede volver al pueblo de sus antepasados. Aunque siempre que lo hace tiene que lidiar con turbadores sentimientos de nostalgia, rabia, pena y felicidad, como aquellos que siempre evoca la crónica de una muerte anunciada.

(David W. Sánchez Fabra, Zaragoza. Primer Premio II Certamen de Relato Breve "Villa de Velamazán", agosto 2019).

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