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La lampara encendida

Poemas

Ribera de la aurora

Ribera de la aurora

La cueva era sencilla:

ni tan siquiera un ánfora

                          donde guardar el vino,

las pajas de un pesebre te servían de estera.

Un varón te velaba,

y una joven

            curvada hacia su luz más íntima

te mecía con manos silenciosas. 

Prendada para siempre a tu ternura,

aquellos que escucharon de mi boca

la hermosa profecía

                    quedaron como absortos,

tu madre sonreía allá en su centro.

 

Te dejé como ofrenda cuanto entonces tenía:

un pedazo de pan

                 y esa flor de las nieves

que en el monte creciera.

Había en el ambiente algo sagrado.

 

                         (Flor de agua).

 

Imagen: Iglesia de los Pastores, Belén.

La manzana o el vértigo

La manzana o el vértigo

Sólo si tú me miras la luna cobra sueño
y se tiende, tranquila, en mi regazo.
Sólo cuando sonríes es más hermoso el aire.
Tus ojos se me posan tan adentro
que parecen dos lagos, en el útero fértil
de la tierra, entreabierta a tu pasión.
¿Quién inventó el amor?
                    ¿La manzana o el vértigo
sagrado de la vida hacia la vida?
Repósame tu piel, lenta, en mis pechos,
y que toda tu savia se me estremezca honda
como un inmenso abrazo sin orillas.
Sólo cuando tus labios me acarician
se entreabre la flor, y te sé ya tan íntimo
como la luz y el aire que nos nutren.
Si te abrazo, poseo ya todo el horizonte,
y los límites últimos, y la esencia.
¿Quién poseyó el edén, sino quien ama
hasta el mítico centro de la tierra?
Sólo cuando mis manos se reposan
en tu rostro de almendro,
                                  o en tu vientre,
se recrea la luna en mi interior.

 

Sólo cuando te amo,
                            y tú me amas,
se desvela el secreto de las estrellas últimas,
de los dioses lejanos, de la vida, tan nuestra.
Soy tuya, tú eres mío,
y no hay tierra, ni mares, ni montaña profunda
que no nos pertenezca.

Sólo si nos amamos, tan sin fondo,
desde la nuca al pie,
                            del vientre hasta los labios,
es nuestro el universo.

                      (La manzana o el vértigo).

El corazón en vilo

El corazón en vilo

La Encarnación, Ávila, 6 de julio de 2002.

Obertura

Otrora en esta celda, en este sencillo
corredor silencioso,
te confesaste, Madre, aquella aurora
al vadear la luz.
Ni vuelo de palomas, ni visiones
venidas de ultrasueño.
Sólo unas rejas pobres, y una voz recia
y al tiempo delicada.
Te dolía de vida el corazón.
E irías devanando, uno a uno,
los silencios más fértiles, las pasiones
ardientes del espíritu y la tierra.

Revestida en sayales y ese débil
resplandor indeciso de más allá del alma,
te fuiste enterneciendo
tan cálida y menuda, casi niña
en las manos sin sombra del Amado.
Que son muchos las puentes y posadas,
y luengos los caminos, de Medina a Becedas,
y la tierra cansina, y los huesos deshechos
de tanto trasmontar palomas y altozanos.
Que si aquesta licencia, o esotra dote,
y aposenticos nuevos donde fundar los sueños
piedra tras piedra, y vida, y esperanza.
Y el hálito tan tibio de un vencejo, cuidando
no desvele el sosiego de alguna hermana enferma.

Por eso, a la mañana, cuando nadie trajina
por el secreto cuévano de tras de las murallas,
el silencio se aquieta, y se te hace remanso
tu dolor más oscuro.
Las aguas y los pájaros en un instante mínimo.
Y la mirada, en lluvia, se te va entredorando
de tanta vida en torno, y tanto centro
despojado, desnudo, y tan hermoso
como el susurro calmo de esta luz

que caldea mi aliento, aquí, a los pies del banco,
enfrente de esas rejas donde un día habitaste.
Confieso que he vivido y no he amado
hasta agostar la fuente.
A veces, el camino se hace angosto
y se nos caen las alas,
la flor entreverada de cerezo
y pasión por la vida. Y es más arduo
vadear cualquier puente, toda senda
que lleva a un corazón desvencijado.
Se encienden las hogueras más antiguas,
esas que prefiguran visiones de la noche
en el espejo roto de las almas.
He ido alimentando el desaliento,
el miedo, la ceguera,
hasta verme varada en esta orilla oscura.
Y he degustado el gozo hasta las lágrimas.

Han tocado ya a paz. En este cuarto mínimo
iluminado apenas por un soplo de luz,
las dos, mano con mano, en remanso los ojos
más allá del escaño o de la silla.
Y en el centro traslúcido de la morada última
la certeza indecible de sabernos amadas.

Se está muy bien aquí. Diario de una amistad

Se está muy bien aquí. Diario de una amistad

Las diez cuarenta y dos

de un viernes, diez de junio.

Es intenso el trabajo en esta noche,

y mientras voy leyendo

un halo de silencio se despliega

en torno al corazón.

Quisiera penetrar

la sombra que me brindan estas páginas,

sentir bajo mis pies el suelo duro.

La lámpara conforma los contornos,

y en esta hora tibia

tan sólo soy feliz.

Flor de agua

Flor de agua

Sucedió en Galilea, un hermoso crepúsculo.

Comenzaba la sombra a oscurecer las aguas

y se fueron marchando quienes, momentos antes,

te escuchaban absortos.

La luna iba surgiendo lentamente en el lago.

Me quedé yo a tu vera, como el niño que teme

apartarse un instante del regazo materno.

Asomaba el cansancio a tu semblante.

Yo fuera para ti, desde una luz antigua,

esa eterna mujer a quien siempre tendiste

la mano y la esperanza:

la niña entristecida,

                         la enamorada esposa,

o esa madre ya entrada en la estación del luto.

Reposé mi cabeza en tu silencio.

La luna iluminaba las adelfas.

Sabías tú muy bien de ese anhelo frustrado

de amar y ser amada,

con mi centro en penumbra

                              y mis deseos puros.

Tendidos en la hierba, veíamos la luna

penetrar en el lago,

como una red de ensueño que envolviera el espíritu.

De nuevo se me daba, ribera de la sombra,

la entrañable certeza de sentirme querida.

Ceñiste suavemente mi contorno

y el alma se me abrió, como un fruto granado.

La noche se impregnaba de aroma a nardos nuevos.

Historia de amor en Florencia

Historia de amor en Florencia

LISA HABLA CON LEONARDO

AL CABO DE LOS AÑOS

 

Con este traje oscuro, 

                          despeinado el cabello,

y una tenue sonrisa,

posara para vos una mañana

bajo este azul profundo de Florencia.

Las rosas,  el estanque,  los árboles floridos.

Me fuisteis desvelando

vuestra infancia dichosa, vuestra melancolía,

vuestro anhelo insaciable en todos los saberes.

El sol iba cayendo mansamente en los setos,

se posó la tristeza en vuestros ojos.

Al fondo del jardín, entre esas dos columnas,

os recordé a la madre que un día os comprendiera.

Mientras cobraba vida mi retrato en la tabla,

creciéronnos los lazos que todavía hoy

nos mantienen unidos.

Epifanía de la luz

Epifanía de la luz

A mi madre.

Brillaba la mañana.

Venia la marea, con sus copas teñidas

en la espuma del viento.

Y tú permanecías silenciosa.

Tu mundo era pequeño:

la casa, los paseos por el sol del verano

y aquel rincón tan intimo

donde tenían vida las sombras de los cuentos,

donde la luz caía.

Pero algo te impulsaba

a aquella comunión con otros seres,

y te quedabas triste cuando se habían ido.

Tu madre, aquellos párpados de azucena y escarcha,

siempre estaba contigo:

compañera en la noche del desvelo

y a la sombra apacible de los días felices.

Y luego llegarían las figuras soñadas,

instantes que se pierden por linderos de niebla.

Y sentada a la orilla,

esperabas los ecos de otros mares lejanos.