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Amor oscuro

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“Tengo miedo a perder la maravilla / de tus ojos de estatua, y el acento / que de noche me pone en la mejilla / la solitaria rosa de tu aliento”. Federico García Lorca reflejaba en sus “Sonetos del amor oscuro” la noche de los místicos, esa profunda herida que a veces nos envuelve del cielo hasta los pies.

El filósofo André Gorz, amigo y discípulo de Sartre, escribía a su esposa Dorine: “Si te mueres, estoy muerto”. Unos meses después de publicar su libro, “Carta a D. Historia de un amor”, aparecían los cuerpos de los dos, octogenarios, tendidos en su cuarto con una nota: “Avisen a la policía”. No quisieron sobrevivirse el uno al otro.

Y hay autores que mueren de puro desamor: Larra, Ángel Ganivet, Jack London, Alfonsina Storni… “Entre las manos dulces, vos la bella / que habéis matado, sin saberlo acaso, / toda esperanza en mí”. No es la tónica habitual en estos tiempos de comida rápida y de divorcio exprés. Es todo mucho más de andar por casa, aunque no menos bello: “Como el primer cigarro, / los primeros abrazos. Tú tenías / una pequeña estrella de papel / brillante sobre el pómulo” (Luis García Montero).

Junto a las habitaciones separadas, el niño cada fin de semana con el padre o la madre y su pareja. No sería la muerte la que haría estremecer a Neruda: “Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo / en que nos anudamos y nos desesperamos”. Sino cada ruptura y la nada cotidiana, la añoranza del éxtasis: “No fue un sueño, / lo vi: / La nieve ardía” (Ángel González).

Charles Ronsac, escritor y periodista, decidió consagrarse en alma y cuerpo a su adorada Marthe, su mujer, cuando enfermó de alzheimer; ya fallecida escribe: “He querido devolverte a la vida, escribiéndote esta historia de momentos felices y dramáticos, como si aún fueses mi primera lectora. ¿No te da vergüenza, a tus 86 años, seguir causando turbación en tu viejo amigo?”.

Declinamos los verbos y la noche amándonos, como Pedro Salinas: “De mirarte tanto y tanto, / del horizonte a la arena, / despacio, / del caracol al celaje, / brillo a brillo, pasmo a pasmo, / te he dado nombre; los ojos / te lo encontraron, mirándote”. Lo más hermoso, cuando la noche es llama: “Llega la noche, / se silencia la mente. / Sólo queda el temblor” (La manzana o el vértigo).

                                                                                  María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, «Opinión», “Con DNI”, lunes 14 de febrro de 2011).

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