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Gaudí

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Foto: El Capricho (www.gaudiclub.com).

En plena adolescencia llegaría al asombro. Fue en un viaje en familia, organizado con la empresa en que trabajaba mi padre. De Suances a Comillas en autobús. Formas como de cuento, motivos vegetales, ventanas para princesas tristes. “Aquí tienen El Capricho. Máximo Díaz de Quijano la encargó a Gaudí en 1833. Era una villa de recreo”. Regresaría, con otros compañeros, mi pareja, nacidos mis sobrinos… y en cada nuevo viaje la sorpresa me abría a más detalles, como ese minarete sobre cuatro columnas de la puerta, alianza de culturas.

¡Oh, maravilla! El encantamiento me esperaba cuando en el coche de mi hermano llegamos a León. Yo no había jugado a Exín Castillos, pero estaba empapada en la lectura de los cuentos de Andersem. Un torreón en cono en cada esquina, cinco pisos de ojivas medievales, un foso que servía de lucerna, ¿y en la puerta? San Jorge y el dragón. Almacén y vivienda de unos ricos comerciantes de tejidos, 1891. Me quedé embelesada… ¡pero qué susto! Gaudí seguía allí, absorto en sus apuntes, como de piedra.

Seguimos hacia Astorga. Y otra vez un castillo entre interior y místico, fortaleza y capilla: el Palacio Episcopal. Arcos abocinados, almenas, miradores. Residencia de obispos que luego pasaría a otros fines, como a veces sucede a lo largo de la Historia. Inserto en el entorno, los ángeles, pensados para lo alto, terminaron de pie en el jardín.

Si algo nos cautivó ya de por vida fue la Casa Batlló, en el Paseo de Gracia, con sus balcones máscara y su embrujo. Igual que el Parque Güell, con sus curvas y mil escalinatas que parecían copiar aquella tarde la música y sus fuentes.

Y  mucho más profundo la Sagrada Familia, con su majestuosidad y sus vacíos. “Mirad, hasta cien especies vegetales. La serpiente, el buey y la mula; la Adoración de los Reyes y el Zodiaco”. No fue fácil acceder a la portada de la Natividad, tantas sillas como íbamos. Después, la nave central y el claustro, dibujos originales y maquetas a escala. Y columnas torcidas y oquedades y círculos y rampas. Me quedé contemplando al Cristo de la puerta  de la Pasión: crucificado dentro de sí mismo, totalmente desnudo, escabrosamente actual.

Hay autores que pasan los fuertes y fronteras, las creencias, los tiempos.

María Pilar Martínez Barca

Fotos: Club Gaudí

(Heraldo de Aragón, «Tribuna», “El meridiano”, martes 9 de noviembre de 2010).

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