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Yo me indigno

Quería levantarme y sentarme cuando todos, en la misa de niños. No iría a catequesis. Entonces comprendí por qué me quedaba embobaba contemplando la comba de otras niñas, en la calle; o mirando a la ventana de la sala de fisio uniformes de falditas a cuadros y jerséis grises.

Tampoco el instituto: muy cerquita de casa, pero con escaleras que lo hacían  lejano. Como un aldabonazo, y el abrir otra puerta a la rebeldía. ¿Por qué también estaba el vídeo tan alto? ¿Y los libros de mi cuarto? Me llevaban en andas, mi sueño era volar con alas propias.

Escuchar “Tú no puedes” siempre me ha sonrosado el corazón. ¿Y cuando nos ofrecen caramelos? Jamás olvidaré el larguísimo pasillo de mi llegada a clase, como el largo horizonte de toda una carrera y las expectativas de una beca, un empleo que no llegaron nunca. Y la histerectomía. ¿Cómo amar, ser mujer? En mis aguas más íntimas perduraba el deseo de ser madre.

Porque a veces la vida nos vuelve del revés el calcetín. Pude amar. Pude sentirme madre de dos niños preciosos, mis sobrinos. La escritura me fue transfigurando el camino, el horizonte, tendiéndome mil puentes insospechados. Mi trabajo, encender las palabras que van iluminando la caverna. Ahora lo entiendo.

María Pilar Martínez Barca

(Humanizar, "Desde mi sillón", "La fuerza de los límites", Nº 118 -Madrid, septiembre-octubre 2011-).

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