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Hermana sequía

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Foto National Geographic

San Francisco llamaba hermana hasta a la muerte. Años atrás ya nos profetizaban por las redes amplias zonas de tierra agrietada, ríos y embalses secos, niños sin parques, enfermedades en la piel. ¿Cómo acogería el Pobrecito de Asís, que nunca creyó en los catastrofismos, esta ausencia de la hermana lluvia ocho siglos después?

Que si desde 1995, que la peor de estos cuarenta años, o la más destructiva de la historia. Júcar, Segura, Duero, Guadalquivir, Tajo, Miño… Embalses con mínimos que provocan sed, trasvases paralizados, promesas que nadie sabe cuándo se cumplirán.

Pasemos de uno de los más cálidos octubres a las heladas, o al cierzo en Zaragoza, no quiere llover. Y los campos de pena, ralos, con hierbas secas y troncos esqueléticos de hoja perenne. Que parecen bocas entreabiertas de difuntos esperando un agua imposible. Y los agricultores, pastores, ganaderos, temiendo lo peor, por ellos y los hijos, justo si sigue así para el pan de cada día y la escuela. Que el entorno rural siempre ha sido el pariente pobre. Castilla-La Mancha, Andalucía, Extremadura, Madrid o Castilla y León. Vigo se nos seca, literal.

Y los aficionados horticultores de ciudad con su gozo en un pozo, que en años habían visto nada igual. No les crece ni se les mantiene nada, todo agostado. Y las mismas ciudades contaminadas hasta los ojos, con problemas respiratorios y cutáneos. Y los ánimos alterados, y la violencia a flor de piel. La crisis es mundial. Y en lugares en desarrollo de esta esfera común, la sequía, como otras catástrofes naturales y humanas, se perpetúa.

Mientras el rey Mohamed VI de Marruecos implora al absoluto: “Es Él quien hace descender la lluvia después de la desesperación”; el papa Francisco, en su encíclica “Laudato sí” –homenaje a su mentor–, nos responsabiliza de nuestra hermana Tierra: “La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes”. No es tanto la carencia, como la distribución de los recursos.

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "Con DNI", viernes 24 de noviembre de 2017).

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