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La lampara encendida

La muñeca de trapo

La muñeca de trapo

Foto M. A. Martínez

1 de abril de 1937, Jaén

Otra mañana más, los cántaros repicaban entre sí a la par que el pollino trotaba. El animal se dejaba guiar por un muchacho de temprana edad, curtido de pies a cabeza y con los callos de las plantas a modo de zapatos. Sobre el lomo del borrico iba una niña con su gracioso vestido de volantes y un par de mejillas coloradas, sosteniendo en brazos una muñeca de trapo desgastada. Parecía no molestarle el calor asfixiante, ya que reía feliz, mirando cada insecto y cada pájaro con dos profundos ojos azules y mucha ilusión.
El sonido del agua naciendo llegó hasta los oídos de los hermanos; fue entonces cuando sus bocas se percataron de la tremenda sed que tenían. Por muy entretenidas que fueran las historias que inventaban en su travesía, el camino no restaba kilómetros a su longitud.
Una vez en la fuente, el mayor se dispuso a llenar los botijos, a lo que la chiquilla se apeó del rucio con pasmosa agilidad. Se acercó al caño para abastecerse y al mismo tiempo ofrecer su ayuda, pero su hermano negó, alegando que no podía caerse ni una tinaja y que era demasiado pequeña.
Ella correteó colina arriba buscando una sombra bajo la que esperar. Un anciano olivo se la ofreció amablemente; propuesta que aceptó. Se aposentó en la tierra seca y contempló el valle. Los acebuches le devolvían la mirada, tan altivos como dicen los versos. Cerró los ojos y aspiró el olor impregnado en las montañas. Por un momento juró poder oír a los aceituneros vareando, arrastrando lonas y resoplando; pero la llamada de su hermano la rescató de su trance.
Siempre con su muñeca bajo el brazo, volvió a colocarse sobre el burro para emprender el largo viaje de vuelta. Se imaginaba cuentos, siempre con su fiel compañera como protagonista, y así se le hacía más llevadero. Acicalaba la ropa y el pelo de tela, ajada y descosida; ante sus ojos era el más lujoso tejido, digno de la realeza.
Al llegar, vio a su madre cambiando el agua del barreño a las aceitunas. A ella lo que le gustaba era partirlas con el mazo, aunque más de una vez se había pillado ya los dedos, por lo que la mujer ya no le dejaba sola con esa tarea.
Su padre hacía tiempo que ya no estaba. Una mañana vinieron unos hombres uniformados y al alba siguiente todos despedían al hombre y a su macuto desde la puerta. Su madre, siempre en alto como un pilar, se desmoronó en lágrimas. La niña no entendía qué estaba pasando y nadie se atrevió a darle las respuestas que quería, así que se dedicó a abrazarla sin más. Tiempo después, los soldados volvieron, pero ese día la mujer no derramó ni un lamento. Tras ver cómo entraba a la casa con una caja y la gorra de plato, incluso la pequeña comprendió que su padre ya no iba a regresar.
Sentada a los pies de su madre y con el olor de la aceituna, le contaba a su muñeca uno de sus cuentos cuando una anciana salió apresurada de la vivienda. Su abuela apenas podía respirar y no fue capaz de articular palabra, simplemente señaló al cielo.
    - No puede ser…
Su madre cogió a la niña del brazo con tanto ahínco que la muñeca cayó al suelo. La chiquilla, sin saber lo que ocurría, sollozó y gritó mientras se alejaban de allí. Tal fue la bofetada que recibió, que se calló de golpe. Antes de que la puerta de la casa se cerrara, consiguió ver cómo los bombarderos surcaban el cielo silbando.

13 de julio de 2018, Madrid

Tuvieron suerte. En la memoria siempre quedarán los temblores, los alaridos y el ruido de las explosiones, pero no quedaron muertos. Otras familias no pudieron decir lo mismo.
Ahora, desde la silla de la residencia, ve a su nieta jugando con una muñeca, e inevitablemente se acuerda de la suya y de ese día maldito. Al salir de nuevo a la calle nunca la encontró, pero ya no lloró más.
Debió perderse entre ruinas, cenizas y gritos; entre cadáveres olvidados por la historia que aún suplican por tener un recuerdo.

(Marina Moro López, Madrid. Accésit I Certamen de Relato Breve "Villa de Velamazán", agosto 2018).

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