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Del sepia a los colores

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Foto Biblioteca Virtual de Defensa

Ayer vivíamos una jornada histórica. Aquella noche hacía mucho frío. Estábamos mi madre, mi hermano mayor, creo que con algo de asma, el pequeño, con apenas dos meses en su cunita, mi padre –que no había salido en el coche correo– y esta preadolescente que ahora escribe. Hace cuarenta y cuatro años.

En la televisión en blanco y negro apareció el presidente Arias Navarro: “Españoles: Franco, ha muerto”. Yo hubiera podido ser una niña mayor de la “generación de la semana de vacaciones”. Pero no iba al colegio, eran tiempos difíciles.

Mi madre no lo pasó muy bien cuando nacieron mis hermanos. Pero sí algo mejor que cuando yo vine al mundo, fruto del descuido de los médicos, que me provocaría una parálisis cerebral infantil. ¿Consecuencia del retraso también en Sanidad? No teníamos Seguro, y la rehabilitación había que pagarla del bolsillo. Mis padres eran unos sencillos inmigrantes, como tantos.

¿Quién por entonces disponía de ascensor o calefacción? ¡Y yo sin enterarme! Hasta uno o dos años después, cuando se inauguró el aula colectiva de Auxilia en la calle Delicias, en uno de los locales de la parroquia Madre de Dios de Begoña. Próximas ya las primeras elecciones democráticas, en junio del 77, y el referéndum que impulsaría nuestra Constitución del 78, el ambiente de la calle hervía. Simón, uno de los siete compañeros que estudiábamos juntos, disfrutaba entonando la Internacional; o dibujando en los folios a cuadros la hoz y el martillo.

¿Seguía coleando el retraso? Simón y otros dos compañeros murieron a los dieciocho y veintiuno, víctimas de una atrofia muscular no investigada todavía. Nos dio tiempo a sacarnos el Certificado de Estudios Primarios y el Graduado Escolar, y a mí el Bachillerato a Distancia; y a ampliar nuestro universo relacional en las colonias de verano.

De ahí a la inclusión en la parroquia, y luego en la Universidad. Y el despertar a todo, los ojos bien abiertos y el alma en vilo. Descubrí, por lo menos, dos maneras de entender y vivir la Iglesia y su mensaje. Que el sexo no era pecado. Y, a través de Rosendo Tello, la gran liberación que sintió la cultura, al leer sin temor a todos los autores. Descubrí tantas cosas…

Aunque nadie, sin apoyo externo, se erigirá en ángel o en demonio. Tampoco un dictador.

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "El Meridiano", viernes 25 de octubre de 2019).

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