Facebook Twitter Google +1     Admin

Trenzas largas

20140403041823-mita.jpg

 

 

Ilustración: Mari Carmen Remacha

Como a Pinocho le crecía la nariz, a Mita le crecían los cabellos. Y el motivo era el mismo: la mentira.

–Mami, Carlitos me ha pegado –se quejaba la niña. Su hermano tenía solo cuatro años.

–¿Seguro? ¿No le habrás dado tú? –quería saber mami–. Entonces, ¿por qué está llorando él?

En realidad, Mita le había quitado un caramelo. Se había acostumbrado a mentir igual que a llevar gafas, a la piel pecosa de su rostro o al color pelirrojo de su pelo, que crecía y crecía y crecía cada vez que decía una mentira. Era así: una niña mentirosa.

–¿No os daban hoy las notas? –preguntaba papá.

–No, todavía no. La semana que viene, ha dicho la señorita.

La verdad es que Mita había sacado un 3 en Matemáticas. Y claro, no quería enseñarlas.

Pero Mita tenía otro problema. Cada vez que decía una mentira más gorda, un poco seria, sus trenzas, que con tanto cuidado le peinaba mamá, se le ponían tiesas: una a un lado, la otra al otro. Y empezó a sentir vergüenza.

En clase, levantaba la mano solo cuando sabía la respuesta. En casa, intentaba no engañar a los mayores –aunque algún gazapo siempre se le escapaba–, ni quitarle las chuches a Carlitos. Lo peor, o mejor, estaba por llegar.

Un día, en el recreo, Adrián le cogió la mano y, sin querer, le dio un besito.

–¿Me quieres? –le preguntó su compañero Adrián.

Mita se quedó como muda. Negó con la cabeza. ¡Horror! Las pecas de su rostro se volvieron como moscas negras, en su piel enrojecida. Bajó los ojos al suelo avergonzada. Y las coletas… parecían volar de su cabeza. ¡Qué fea! Se tapó la cara y se echó a llorar.

–¿No me quieres? ¿No? ¿No? –insistía el niño.

Su compañera, Mita, le miró de reojo, le sonrió y, como sin querer, le devolvió su beso.

–¡Sí, te quiero! –soltó al fin la pequeña.

Y desde entonces, sus trenzas ya no estaban tiesas. Su bonito cabello pelirrojo, que empezó a soltarse por la espalda, crecía lo justito, pero no exagerado, como antes. Se sentía querida, ya no tenía que mentir.

María Pilar Martínez Barca

(Cuentos para compartir, Zaragoza, edición de los autores –en beneficio de ASPANOA–, 1.ª edición, diciembre 2013).

 

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.





Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris