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El ébola

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Foto: www.teinteresa.es/salud/

No tenía nombre ni apellidos. Era un río del antiguo Zaire –hoy República Democrática del Congo–, con riberas pobladas de vegetación, una miseria materialmente extrema y una riqueza humana inclasificable. Cientos, seguramente miles de rostros anónimos, de esos cuya sonrisa agradece la vida y conforta de las adversidades y la muerte, no daban para grandes titulares.

A principios de agosto, el ritmo de la historia parecía cambiar: se repatrian al Hospital Universitario de Emory, en Atlanta, al doctor Kent Bradley y a la misionera Nancy Writebol, infectados de ébola en Liberia. La infección, los dolores de garganta y abdomen, la fiebre hemorrágica por ojos y nariz, serían similares. Pero el tratamiento de suero experimentado con algunos simios abría una esperanza.

Pocos días después, entramos nosotros en los mass media. Miguel Pajares, médico y sacerdote de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, y la hermana Juliana Bohana, son trasladados al Hospital Carlos III de Madrid. Se me despiertan la alegría y los recuerdos gratos: yo nací en el Hospital de San Juan de Dios, y en su día, un ocho de marzo, padecí una no muy difícil intervención que salió a pedir de boca.

Recordé a tantos misioneros que se juegan la vida por calzar las sandalias y meterse empáticamente en la piel de sus prójimos –como Jesús, literalmente expulsado de la ciudad por curar a un leproso–.

“A nosotros van a dejarnos aquí, vamos a morir todos”, declaraba la hermana Catherine, compañera en el Hospital San José de Monrovia, en Liberia, de los dos españoles repatriados. Junto a ella, las religiosas Chantal Pascaline –fallecida a los dos días– y Paciencia, de la Inmaculada Concepción; el hermano de San Juan de Dios Georges Combey, en estado grave, el enfermero y el administrador. Doce personas.

¿Selección natural, de protocolo epidemiológico, socioanitaria? Quiero pensar que es en beneficio de todos. José Carlos Bermejo, director del Centro de Humanización de la Salud –Religiosos Camilos–, me comentaba la precariedad de los hospitales en países en desarrollo: sin luz, sin agua, sin las más básicas herramientas. ¿Ser hijos de Dios nos hace igualitarios?

La vida y la muerte sí nos igualan.

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "Con DNI", viernes 22 de agosto de 2014).

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