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Carretera y manta, cambio de sentido

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Recomenzar la vida después de un accidente

Colgar Arquitectura y Periodismo, no repartir más cartas ni paquetes, olvidarse del fútbol, dejar en Venezuela esposa e hijos, que a tu casa le falte una columna… Situaciones que no se dejan ver en las campañas. Pero el viaje no terminaba ahí: continuaron formándose, practicando el deporte o la pintura, conduciendo, aumentando la familia… Siguen vivos.

María Pilar Martínez Barca

Un instante, y la vida puede virar de rumbo para siempre. Para Andrés fue en una máquina de bombeo de hormigón, cuando hacía aquel túnel en la presa del Jerte; cayeron unas piedras en su cabeza. Manuel se disponía a zambullirse en el mar, la ola era pequeña y se dio de cabeza contra el fondo; su médula quedó completamente seccionada.

            La enfermedad produce muchas veces lesiones medulares, que desembocan en para o tetraplejias. Sin embargo, según Miguel Ángel Carrasco Béjar, director gerente del Hospital de Parapléjicos de Toledo, el 50% de los casos son provocados a partir de un accidente de tráfico. Rafael y Matilde, Pau, Josema, Carmen e Ignacio nos cuentan sus experiencias.

En punto muerto

            “Matildica, esto se terminó”. Era el 7 de agosto de 1993. “Era por la autopista de Oviedo a Gijón, a una velocidad entre 90 y 100 km./h., según consta en el atestado de la Guardia Civil. Fuimos alcanzados por detrás por otro vehículo que circulaba a 140 km./h. y otro de costado nos dio a 160 km./h.”.  El matrimonio celebraba en aquel viaje sus veinticinco años de casados.

“Volvía de otro hospital, de hacer recuperación porque me habían operado de los ligamentos cruzados y el menisco de la rodilla izquierda”, Nos contaría Pau. “No se porque razón invadí el carril contrario y al volverme a mi carril piqué de lado con un coche francés.  Mi cabeza golpeó el cristal y tuve un traumatismo craneoencefálico y esto es lo que me ha provocado la perdida de equilibrio, de todas formas no he tenido ninguna otra secuela física. Me ocurrió hace doce años, tenia veintitrés años y viajaba solo y el único que salió afectado fui yo, ya que al ocupante del otro coche no le paso nada”.

            Carmen regresaba de una reunión de antiguas compañeras de colegio, otras cuatro en el coche, “yo fui la peor parada”. Y Josema volvía del chupinazo de las fiestas de San Lorenzo, en Huesca, “y me salí de la carretera, yo era el que conducía”.

            Para Ignacio aquel viaje supondría un cambio radical. “Salía de una tasca en un pueblo caribeño de Venezuela llamado “Tacacas”. Cogí el coche para ir a mi casa; en el trayecto, me encontré con el cuñado de mi mujer; le invité a llevarlo a su casa y aceptó. Íbamos charlando, cuando me pidió un cigarrillo, le contesté que había dejado de fumar hacía tiempo. Entonces, me pidió que pasáramos por la gasolinera más cercana para comprar tabaco, le dije que sí  y así fue. De regreso, me pidió conducir el vehículo, pues era nuevo y quería probarlo; se lo dejé y me sugirió ir a ver a un amigo suyo en otro pueblo cercano. Serían las once y media, doce noche, cuando medio dormido le vi dando cabezadas y reduciendo la velocidad. No me dio tiempo a más, dimos la vuelta de campana”.

Cambio de dirección

            Hace de aquello dieciocho años, desde su traslado de Venezuela al Hospital de Parapléjicos de Toledo. Tenía Ignacio veintitrés. “Fueron unos meses bastantes duros, porque me tuvieron que intervenir quirúrgicamente en dos ocasiones; encontrándome más muerto que vivo, con grandes ataques de ansiedad”. El accidente le produjo una lesión en la quinta vértebra cervical. “Lo que más noté fue el cambio de vida; pues tenía mujer y dos niñas de ocho, cinco y un niño de un año”.

            Las palabras de Daniel lo volvieron de pronto a la realidad: “Papá, no te preocupes, si la casa siempre tuvo cuatro columnas ahora tendrá tres, pero seguirá en pie”. A partir de ahí, día a día un pequeño calvario. “Me pusieron casi vertical, con la cabeza abajo, para aquella prueba, dije que si no salía bien me quería morir; pero mi cuerpo reaccionó positivamente”. Varios meses en el hospital de Oviedo, después en el Miguel Servet de Zaragoza. “Cuando la psiquiatra –no había tratamiento psicológico público- me preguntó si quería continuar viviendo, enseguida le respondí afirmativamente”.

            Pau era un consumado atleta, un triunfador que no se daba nunca por vencido. “Yo no me acuerdo de absolutamente nada, pero según me ha contado mi familia me quería morir ya que la sociedad no te prepara para estas cosas. Tuve un traumatismo craneoencefálico consecuencia del golpe, específicamente me afectó al cerebelo, y a consecuencia de esto tengo una ataxia”. El apoyo familiar, especialmente de la madre, sería esencial. Tras la recuperación en el Vall d’Hebrón de Barcelona, continúa siendo necesaria la asistencia psiquiátrica cada quince días y fisioterapéutica una vez por semana. “Muchas de las prioridades han cambiado con el accidente; por ejemplo yo tenia una novia y cuando estuve en el hospital me dejó. Estudiaba Arquitectura, carrera que tuve que dejar”. Hoy practica natación y vela.

            Josema sufriría una lesión cervical a nivel C5, C6 y C7, causa de su actual tetraplejia. “Mi vida cambió totalmente, ya que pase de ser una persona con su trabajo y su vida más o menos planificada a ser otra distinta, dependiente de terceras personas. Dejé de trabajar y después de más de dos años desde el accidente dejé la relación con mi pareja”. Al principio se sentía culpable; hoy se reconoce una persona con el mismo sentido del humor e igual de positiva.

            Carmen nos relataba: “Antes trabajaba, empleada de Correos, y repartía las cartas en una zona con moto; había aprobado unas oposiciones a la tercera vez. Practicaba deporte, tenis y baloncesto, donde era jugadora y entrenadora”. Hoy se siente una persona diferente, algo más insegura.

En ruta a la normalidad

Ignacio aprovechó aquella etapa difícil de su vida para formarse: “En el transcurso de la convalecencia, leí todo tipo de libros: de otras religiones y de la nuestra, que me sirvió de mucho apoyo; estuve en la UNED, estudiando Físicas, Ingeniería e Informática de Sistemas. No terminé ninguna carrera, pero me sirvieron de distracción y para adquirir conocimientos importantes en esos temas”. También Andrés, hoy compañero suyo en el CAMF –Centro Asistencial de Minusválidos Físicos- de Alcuéscar (Cáceres), ha vuelto a una vida normalizada y al contacto habitual con su hijo de veintiséis años. Manuel, compañero asimismo de Andrés e Ignacio, nos asegura: “Prácticamente todo lo que hacía antes, lo hago ahora, pero de otro modo; porque si hacía deporte, hago deporte adaptado; pinto con la boca…” -y expone además en la capital-.

También Josema ha vuelto a los viajes -Praga, Lisboa…-, a su afición al fútbol, a su deseo de encontrar pareja… “Tal vez he aprendido a relativizar los problemas del día a día y no dar importancia a lo que no la tiene”. Carmen, entre otras actividades, practica hoy la equitación –varios meses en el Instituto Guttmann le sirvieron de mucho en su rehabilitación-. Y Pau reconoce y valora cómo “una experiencia así es importante tanto para ti mismo como para tu entorno más próximo porque te ayuda a ver las cosas de una manera más moderada y mucho más relativa. Aparte de mi familia, también hay alguna otra persona a la que le debo agradecer muchísimo y a quien he conocido a raíz del accidente, y que es la persona con quien comparto mi vida”.

            Rafael, afectado en la cuarta vértebra dorsal, volvía a conducir. Su nueva situación le llevó a afianzar su amor a la lectura, que heredaron sus hijos –hoy Marta y Daniel trabajan en la Universidad-. Mientras los nietos, Andrés y Alicia, han venido a alegrar cada pequeño espacio de la casa, Rafael y Matilde se esfuerzan por conseguir uno de esos escasos viajes de turismo adaptado, “especialmente para los residentes fuera de Madrid”, que permiten conocer nuevos lugares. Han metido la quinta en sus vidas, pero con precaución: “yo, que fui conductor repartidor durante más de veinte años, pienso que a los conductores que reinciden por tercera vez en una falta grave habría que quitarles el carnet de por vida” .

Pero las carreteras también nos van llevando hacia nuevas relaciones. Conocí al matrimonio Mesa Gancedo en un viaje a Toledo, hace unos meses, igual que a Pau, Josema y Carmen. Mientras que Loli, una querida amiga en la Frater de Valencia que hoy reside en Alcuéscar, me presentaba a Ignacio, Manuel y Andrés. Hay que seguir viajando.

 

En Internet:

www.infomedula.org

www.guttmann.com

www.vhebron.es

www.hmservet.org

www.terra.es/personal6/camf-alcuescar/

(Publicado por primera vez en la revista Humanizar, Nº 87 --Madrid, julio-agosto 2006--).

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