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El cambio es un misterio en el amor

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Antonio Mas Arrondo, sacerdote y maestro de mística

El cambio es un misterio en el amor

Descubrirnos personas amadas en el centro, perdonadas desde la raíz, nos lleva a ser felices y a cambiar. Una mística con los pies en la tierra, que nace en el Evangelio y los profetas, apasionadamente innovadora.

María Pilar Martínez Barca

Licenciado en Teología por Zaragoza, Lyon y la Gregoriana de Roma; doctor en Burgos con una tesis sobre las Séptimas Moradas. Profesor de Cristología, Dogmática y Sacramentos en el CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón) y en el CITEs (Centro Internacional Teresiano Sanjuanista), de Ávila; conferenciante en países latinoamericanos. Autor de Acercar el cielo y Teresa de Jesús en el matrimonio espiritual. Ha servido en distintas parroquias, con una dedicación especial a las víctimas del mundo.

La humanidad de Cristo

P. ¿Qué le atrajo de una mística del siglo XVI?

R. Es una mujer que buscó la verdad, apasionadamente, el misterio de la vida. Profundizó en el alma humana. Me atrajo la libertad con la que maneja el espíritu, la paciencia con la que lleva a la persona a encontrarse consiigo misma. La propuesta de Teresa de Jesús es sencilla: un viaje precioso al interior de cada uno. Lo más profundo del ser humano es Dios.

P. ¿Una nueva espiritualidad?

R. Es una propuesta para un cristianismo nuevo, personal. La fe heredada por nacimiento se está muriendo en Europa. Un estudioso ateo, Marcel Gauchet, opina que está dándose una salida masiva de la religión; ve como salida un cristianismo que nos ayude a ser personas libres. En los siglos XI y XII, monjes como Guillaume de Saint Thierry y Bernardo de Claraval, y luego Francisco de Asís, crearon ya esa forma de acercarse a Cristo por amor.

P. ¿Cambiamos las personas?

R.  Sí. Es una historia de amor, en la que se meditan los misterios de la vida de Cristo, en su humanidad. Lo primero que cautiva a Teresa es el versículo del Cantar de los Cantares: “Bésame con los besos de tu boca”. Las moradas no son una escalera, sino actitudes vitales que pueden vivirse a la vez. Será en las quintas, cuando el yo egoísta renuncie a sí. Recuerdo a Ignacio, enfermo alcohólico, que visitó a un monje benedictino –superviviente de los religiosos asesinados en Barbastro y autor de Un adolescente en la retaguardia–, Claudio, quien le enseñó a rendirse y dejar el alcohol.

P. ¿Es fácil ver a Cristo en el sufrimiento?

R. El itinerario teresiano no es solo para santos o altos místicos, sino para mártires comunes, y más para quien sufre. Los místicos del siglo XII optaron por la humanidad de Cristo, siguiendo la primitiva escuela antioquena, e hicieron de la humildad la virtud fundamental. San Francisco dio un nuevo paso, sacando a la calle la meditación en la vida de Cristo y la hizo accesible a todos, incluidas las mujeres. Hoy se puede aplicar viviendo la vida con intensidad, sobre todo el misterio del amor.

P. Enfermos de sida, invidentes, alcohólicos… ¿Mística o compromiso?

R. La experiencia mística no es algo exterior a la persona. Dios nos “inhabita”, está en nuestro centro, y nos respeta infinitamente, desde que nacemos hasta la muerte. La persona es el castillo. Se trata de vivir la vida, lo más normal posible, unidos a Cristo. Nada más.

P. ¿Dios lo perdona todo? Violencia de género, terrorismo…

R. Dios nos perdona todo, incluso el pecado grave o mortal. Pero debemos estar con víctimas. Las consecuencias del terrorismo, un hecho premeditado en el que se asesina a inocentes, son imperdonables. Recuerdo que en alguna ocasión me he visto acompañando en una denuncia; era un padre que trataba mal a su mujer y a su propia hija; queríamos mantenerlo alejado.

P. ¿Por qué nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos?

R. Por la educación recibida; porque no nos aceptamos, por baja autoestima; por alguna herida no curada en la infancia o primera juventud. Hay múltiples motivos.

La ternura de Dios

P. Alguna experiencia que le haya llegado de forma especial.

R. He acompañado durante años a enfermos de sida, teníamos pisos para ellos. Recuerdo a una joven, había sido prostituta. Una tarde me contó en un bar toda su vida, se confesó; y me dijo: “No quiero que me de la absolución, hasta que me vea preparada y en presencia de mis padres. Y ahora, ¿por qué no se confiesa usted conmigo?”. Fue entrañable. Meses después, poco antes de morir, le di la absolución en compañía de sus padres. Se sintió feliz.

P. ¿Es feliz el final de la película?

R. Sí. He visto a muchos enfermos de sida morir en paz, consigo mismos y su vida anterior, criados y amados por su Señor –Teresa, seguidora de la tradición mística, nunca escribe “creados”–. Los cristianos además esperamos la Parusía, la vuelta de Jesucristo.

P. ¿Existe una mística del dolor?

R. Como en el siglo XVI no había Orfidal ni ansiolíticos, se contemplaban los misterios dolorosos, en especial el Huerto de los Olivos. Y en las sextas  moradas, cuando el alma o la persona llega a unirse con el Esposo, baja al infierno de las víctimas, de los que no ven salida, de la noche oscura de la increencia. El peor infierno es la muerte de un niño; existen muchos más.

P. ¿Dónde ver al Resucitado?

R. En todos los resucitados de hoy. Cuando dos enamorados se dan el sí definitivo; cuando una madre renuncia a tanto por su hijo; cuando un drogadicto abandona la droga al descubrirse digno… Y en todos esos cristianos que están dando su vida por confesar a Cristo.

P. “Los cristianos en el siglo XXI serán místicos o no serán” (Karl Rahner). ¿Apoya la Iglesia esta postura?

R. Totalmente. El papa Francisco, al convocar el Jubileo de la Misericordia, comienza su bula “Misericordiae Vultus” –“El Rostro de la Misericordia”–: “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”. Continúa la línea de los místicos del XII, del Cartujano y su Vita Christi –Ludolfo de Sajonia, olvidado a principios del XX por una teología más historicista–; de santa Teresa y san Juan. Pasión, alegría y ternura que recoge la encíclica “Dives in Misericordia” –“Rico en Misericordia”– de Juan Pablo II, y que nos lleva a los profetas (Isaías 6 y 61-62). Un perdón no centrado en la lista de pecados, sino en el amor.

Un encuentro en el centro

P. El Castillo Interior. ¿Estamos volviendo a Dios?

R. Sí. Las primeras moradas son el descubrimiento de un Dios cercano, que nos ha criado. Empieza la oración vocal. Según Sloterdijk: “El cristianismo ha muerto porque las sociedades modernas han renunciado al silencio”. No es verdad, cada vez se está volviendo más a lo espiritual.

P. ¿Y la llamada personal?

R. En las segundas moradas se comienza la historia de amor, meditando la vida de Cristo –oración mental–. Se practican algunos sacramentos. Dios te llama por tu nombre.

P. ¿Cuándo un paso decisivo?

R. Las terceras moradas son la decisión adulta de la voluntad. Nos proponemos hacer algo por los demás. Teresa medita sobre el joven rico. Con estos tres primeros pasos, eres cristiano pleno. A partir de aquí comienza una mística más elevada.

P. ¿Qué es el monte Tabor?

R. El reposo, en las cuartas moradas, que precede a la entrega absoluta en y por el ser amado, la muerte y la resurrección. Es sentirse bien con el amigo, con el ser querido, el principio de la oración de quietud. La transfiguración de Jesús, en los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas).

P. ¿Y las quintas?

R. Comenzamos a morir por amor: unos padres, una pareja que se promete fidelidad… Tiene multitud de formas. Lo hacemos cada día todos, sin darnos cuenta.

P. ¿Cómo vive Teresa el Amor?

R. En las sextas moradas habla de unión matrimonial. Es la de los esposos, que entregan su vida el uno al otro, sin perder su yo y aceptando las diferencias, en un amor incondicional, que incluye el perdón como máxima expresión. La persona se lanza en brazos del amado en un “vuelo suave”, “deleitoso”, “sin ruido”. Aquí entran el Cantar de los Cantares y el evangelio de Juan.

P. ¿Cuál es el culmen?

R. Las séptimas son la participación en la resurrección de Cristo, la presencia casi permanente de la Trinidad y Jesús, la ayuda al Crucificado en los crucificados del mundo, y la espera de la segunda venida de Cristo. El Castillo Interior es un comentario a los Evangelios, desde una perspectiva humana y muy actual.

 

SUMARIOS

“Lo más profundo del ser humano es Dios”

“He visto a muchos enfermos morir en paz, consigo mismos y la vida”

“Se está volviendo a lo espiritual”

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