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La lampara encendida

Buena cosecha

Buena cosecha

Foto Reuters - www.publico.es

Desde niña, estoy habituada a las grandes extensiones amarillas de los campos de Castilla machadianos, de la Soria de mis padres y abuelos. Dorado para el trigo, un poco más tostada la cebada, despintada la avena. Allí, que se cosechaba algo más tarde, dicen que con un año me subieron al trillo con la tía María, por apartar el grano de la parva. Todavía muy chica, donde ahora vivimos en Zaragoza se plantaban campos de maíz, con el que el tío Fermín y el primo Isidoro me hacían chiflos o silbatos.

Lo de los girasoles en el pueblo fue algo después, con el tallo girando siempre hacia la luz. La hoz y las antiguas segadoras se fueron sustituyendo por máquinas más modernas y sinfines, para subir el grano a la cámara. Lo de las cosechadoras es ya de penúltima generación, y lo de los tractores con GPS ni te cuento.

No siempre fue así. Cuentan que hubo una guerra y una dura posquerra, que el Somatén requisaba hasta la harina, y en casa del abuelo tenían un molinillo de estraperlo. “Si el grano de trigo no muere no dará fruto”. Duras metáforas para una gente ruda y trabajada, como la misma tierra y el adobe. Esperando del cielo, cuando nadie aseguraba la cosecha ni podía elegirse el número de hijos.

Y, sin embargo, se daba una continuidad casi sagrada generación tras generación. Desde antes de la Edad Media, Numancia la sacrificada o los judíos. La cultura mediterránea se basó siempre en los cereales y el olivo. Algo ancestral, como los propios ritos de la vida y la muerte.

Vivimos sin duda un tiempo de revoluciones, de la digital a la alimenticia. Tan pronto se nos habla de conquistar el espacio o los exoplanetas, o una proteína que pudiera hacernos casi inmortales, como un virus paraliza el universo. Ora el cambio climático, ora volcanes, ora una guerra en el centro de nuestra civilización.

Nos hemos quedado sin granero. Sin trigo, sin maíz –el pariente rico en época de escasez–, sin aceite. Ni España ni Europa son lo que fueron, y el pan nuestro de cada día se ha convertido en un hecho político, un arma más de guerra y amenaza.

Ucrania versus Rusia, la ONU frente a Turquía. Y la luz y la cesta de la compra, la leche y los productos básicos por las nubes. El sorgo ya no es solo forraje para los animales ni fermento de bebidas alcohólicas, que sustituye al trigo. A falta de pan buenas son tortas. ¿Cuál va a ser la siguiente?

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", domingo 24 de julio de 2022).

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