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El eterno retorno a la inocencia

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Me desperté sudando, estremeciéndome. ¡Qué vértigo! Lucía. Recordé su carita nada más despertar, su rostro rellenito con su media melena y su risa cristalina de cascada, entre inocente y pícara. Lucía, siempre juntas en clase, en el recreo, en las fiestas y excursiones. Aunque luego… ¿fue aquel chico?, no recuerdo su nombre ni sus gestos, pero sí una vaga idea… ¿Fue por él? ¿Nos gustaba a las dos? El despertar sexual, el primer despertar, es también como salir de un sueño, como la mariposa que abandona la sábana de su otro yo pasado y lo deja tirado, olvidado, para siempre. ¿Había feeling?

¡Qué feliz duerme ahí, junto a mi cama, sin estas pesadillas que me hacen presagiar cada nueva jornada! Mi compañera fiel, mi secretaria, mi asistenta personal. Petra, Patri… Qué rabia, siempre en blanco a las mañanas, hasta que vuelvo a aprender su nombre en la libreta. Pero Lucía no, se me ha hecho diáfana esta noche en el sueño. Como un relámpago que vino a deslumbrarme, como un escalofrío en el centro de la médula. Quizá Mario, mi ya viejo psiquiatra (no tanto por el tiempo, ¡qué mentira!, sino por tanto aguante), que conste que he mirado a los apuntes, no ande totalmente descaminado cuando dice que esta amnesia mía no se debe a tóxico alguno, sino a un trauma o herida de mi más tierna infancia. Quizá tenga razón. Porque a Lucía la he visto tan alegre como entonces, tan viva, tan radiante en el no tiempo feliz de nuestro cole. Pero no, no así exactamente. Que en su ceño fruncido aleteaba una sombra de augurio que presagia algo nefasto. ¡Qué calor! Lucía me tiraba de la mano, me llevaba… ¿Y el puente? No pude recordarlo ni siquiera en el sueño, no existía en la infancia ni en mi vida anterior. Luego Petri, al pasar dentro de él, me explicó que lo hicieron hace sólo un par de años con esto de la Expo en Zaragoza. Me llevaba, avanzábamos… ¡Lucía! ¡Nooooooooooooo!

–Recuerda, lo tienes apuntado –me ha refrescado Petri-: Lucía te llamó para que viniésemos a visitarla. Sigue siendo una de tus amigas más amigas.

He apretado el diminuto osito de peluche que cuelga de la anilla de mi bolso. ¡Lucía! Pero no había prisa esta mañana. Antes de coger el autobús que nos llevaría a Zaragoza, he podido repasar, entre viejas libretas, el sueño de aquel año. ¡Qué calor! Principios de verano, como ahora. Pero hacía mucha niebla, como si fuese invierno, y cierzo, mucho cierzo. ¿Una tormenta? Las formas de la calle, árboles o farolas o personas, se adivinaban más que se veían. ¡Qué oscuridad atroz en mitad de la tarde! Y, sin embargo, la presentí, la vi, se me quedó grabada hasta la noche siguiente, cuando aquella llamada telefónica:

–No te asustes, mi vida –era mi madre-. Lucía, tu amiguica del colegio, ha llamado su mamá… Ha tenido un accidente. ¡Cómo sudaba!

¡Se cayó por el puente! ¿Pero cómo? ¡Y yo lo había soñado! Seis largos meses, seis meses de hospital, seis meses de reposo y de coma absoluto, unas horas tan sólo para olvidarme por completo de Lucía. Pero, igual que a ella, me quedaría abierta una vía directa al corazón. Intuía, sabía, vislumbraba que aquello había sido un accidente. Nada más.

Hasta esa otra noche, y el relámpago me despertó de pronto, ¿o me metió más dentro de mi sueño? Y los ojos risueños, picarones, abiertos como platos de Lucía. –Dicen que ha despertado, me lo ha dicho su madre-. Las primeras nevadas en los árboles.

Fui a verla ese mismo día. Seguía residiendo todavía en Madrid, bueno, en el hospital, en su mundo interior. ¡Lucía! No pudo responderme. Pero sí contemplarme, de arriba para abajo y de fuera hacia dentro. Si parecía… sus ojos reflejaron por un instante el reflujo de los míos, celeste y azabache. Y entonces comprendí, como un relámpago. ¿Sergio? No había sido él. Lucía desde siempre me atraía.

Fueron duros los días, las semanas, los meses, ella sin voz, yo sin recuerdo. Sólo un leve vislumbre, algún gesto, un velo que te impide asomarte a la ventana. Había quedado inmóvil, una c7, y para transmitirnos su alegría, a veces su sombra, utilizaba un comunicador. Una letra tras otra, palabra tras palabra, sentimientos, belleza. Comenzaría a amar la poesía, y yo los bocadillos de tortilla de patata, allí en el bar del hospital –todo está registrado en mis cuadernos-. Cada día pinchazos, pruebas clínicas, ejercicios de brazos, tronco y piernas, logopeda, gimnasia. Después nos separamos, otra vez. Ella se fue a Toledo; yo a mi empresa, mis sueños, mis números bursátiles, mis olvidos. Nos escribíamos, guardo también las cartas. Y una noche soñé que mi pez favorito recitaba poemas, hermosos e intimísimos. Era la voz de Lucía en el relámpago.

–Casandra, porfa, ¿así todavía? Perderemos el bus –Petri, siempre puntual, cumplidora, perfecta.

Me vestí a toda prisa los vaqueros y la camiseta del león, de fauces y melena de colores, por la niña, sobre ese fondo negro que tanto me cautiva desde siempre, según intuyo. Pies para qué os quiero, salimos casi en vuelo a la parada de taxis, la estación de autobuses, el reencuentro. ¿Sería el mismo rostro que en el sueño de esta noche pasada? ¿La reconocería? Cosa extraña, el Ebro iba crecido pese a las primeras huellas del calor. Buen augurio.

–¡Sandra! ¡Si estás mejor que nunca! ¡Qué alegría!

–¡Lucía! ¿Eres tú?

Pudimos abrazarnos. ¡Qué alegría! Los pequeños detalles son la salsa, el néctar de la vida. Porque, se me olvidaba, mi amiga se enamoró en Toledo, de su fisio, fue recobrando fuerzas e ilusión, y un día decidieron venirse a Zaragoza por el trabajo de Óscar. Siempre me he preguntado cómo será el amor, las relaciones físicas, cuándo sólo responde el corazón. Bueno, y los recuerdos. ¿Y la maternidad? ¿Y el placer? Aunque me lo explicasen mañana volvería a preguntármelo. Han adoptado a Katya, una chinita preciosa.

–Vamos a ver a Katya, es su fiesta fin de curso. Le he prometido estar acompañándola. Óscar vendrá a comer.

Casualmente, la obrita de teatro era una selva con muchos animales: leones, cocodrilos, elefantes… y también dinosaurios. ¿A qué me recordaba? ¿Quizá también nosotras, aquel final de curso…? Pero no estoy segura. La niña disfrutaba en su papel de jirafa, tan esbelta y graciosa. ¡Era igual que Lucía!

El cole y el restaurante estaban junto a un parque, verde y nuevo, con acacias, ailantos y palmeras. Creo que justo al lado estuvo la Expo. Y allí, en una terraza, mientras venía Óscar, tomamos unas cocas. ¡Qué riquísimas! Y luego, en la comida, por supuesto paella, y un helado. Y la luz, mucha luz en las miradas, y en los detalles nimios, y en el ángulo último de los recuerdos. Se les siente felices, han logrado ese difícil equilibrio entre los límites y la más inocente plenitud.

Ahora, mientras cenan mis peces y poco a poco el sueño me cierra las ventanas e ilumina el misterio de un tiempo que aún no es, voy tomando apuntes de este día tan bello, de una pequeña vuelta al paraíso, como escribió Lucía en alguno de sus libros. Pero ya se van difuminando los rincones, los detalles, los nombres; sólo queda la esencia. ¡Lo que son los olvidos!

María Pilar Martínez Barca

(La quinta-esencia de Albada, Zaragoza, Libros Certeza, 2015. V Certamen de Relatos Cortos Tertulia Albada).

01/06/2015 13:08 pilmarbarca Enlace permanente. Cuentos No hay comentarios. Comentar.

Mi niño, mi esperanza

Tienes ojos turquesa, como yo de niña. La nariz es de papá.

Ojalá comas bien. Y de todo. Muy pronto te llevaremos a Infantil. Que hagas amiguitos, y juegues mucho, y aprendas.

¡Cómo duermes, mi niño! ¿Con qué sueñas? Con leche calentita y con la piel de mamá acariciándote.

Ha sido tan bonito conocerte, tenerte entre mis brazos, aquí sentada, sacarte de aquí adentro… Que mamá necesita adaptaciones.

He podido tenerte, y guardar todo el mar, hondo, en mi corazón, cuando me miras.

María Pilar Martínez Barca

(Finalista ! Certamen de Microrrelatos "Valores Humanos", www.letrascomoespadas.com, 23 de febrero de 2015).

24/02/2015 15:14 pilmarbarca Enlace permanente. Cuentos No hay comentarios. Comentar.

Lo que las olas callan

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Deseo que me llames por teléfono, al menos esta noche. Tú también.

Necesitabas unas vacaciones. Yo, un respiro. Cada noche, por la caracola de tu móvil me llegaría el mar.

Una noche, no escuché la marea, sólo un silencio denso de corales. No volviste a llamarme en muchas noches.

Trajiste ese silencio en la mirada. Tus iris reflejaban el brillo de mil peces de colores. La casa, el dormitorio, nuestras vidas se fueron transformando en un océano, silencioso, profundo. Yo misma, también yo me supe seducida por su canto; fuimos los tres felices. Hasta la noche en la que me confesaste que, al hacer el amor, tu cuerpo no sentía la marea. Nunca creí en los príncipes azules, sí en las sirenas.

Ahora ella se ha ido a aquella playa; yo tenía trabajo: esta nueva novela de silencio y amor, despedidas, reencuentros… Cada noche me llama, y por la caracola de su móvil puedo sentir el mar.

María Pilar Martínez Barca

(I Concurso de Narrativa “Deseos” --Asociación Letras con Arte, www.letrascnarte.es.tl, 30 de abril de 2014--).

 

13/05/2014 13:50 pilmarbarca Enlace permanente. Cuentos No hay comentarios. Comentar.

Un cielo bajo el brazo

A Estrella Gil, en su maternidad.

Nací con parálisis cerebral. Pero desde mi silla y mi lenguaje oscuro he podido viajar, entablar relaciones, doctorarme en Filología Hispánica, publicar varios libros, hacerme periodista, enamorarme. Siempre me pregunté: ¿Qué color tiene el alba cuando se pare a un hijo?

***

–Mamá, cuando nacen los niños, ¿dónde estaban?

–Aquí, en la tripita. ¿No lo sabes?

–No, quiero decir las almas. ¿De dónde viene el alma de los niños?

Mi madre me miró y guardó silencio. Demasiadas preguntas. Mucho tiempo para pensar tan alto, tan pequeña, mientras las otras niñas saltaban a la comba, jugaban a pillarse…

Los días de la infancia fueron llenos de luz; y de mar al abrigo de mi madre; y de largo pasillo interminable de unos primeros pasos inseguros; de papilla y comidas por la túrmix; de cartilla. No te levantarás de ese sillón si no lees la página. Y las noches, noches de fantasías y pequeños insomnios. De dejarle lo mejor de la cama a mi hijita Maribel, la muñeca querida. Pero a la vez de sueños y preguntas, de indagar a los astros de qué cielo lejano vendría mi hermanito a la tripa de mamá.

Escuché, a hurtadillas, que a mi madre esta vez le hicieron la cesárea. Y fui  aprendiendo a callar, yo también, a partir de esa noche de la sábana con las manchitas rojas. El tiempo comenzó a pasar más rápido, y el cuarto de los juegos y la lectura a hacerse más estrecho. Y hasta la luz se volvió distraída, o me costaba más acariciarla.

Llevaba ya unos años estudiando en mi casa, pero la Universidad me deslumbró. Cristina se ofreció a trasladarme de aula, y Ana a pasarme apuntes, y también Nacho, aunque los primeros días me lo grababa todo en la cabeza. Sucedió muy despacio, al ritmo de las clases, los exámenes, aquel viaje hasta Viena. Nos bastó una mirada, y todo cambió.

No recuerdo muy bien quién se lanzó. ¿O quizá nos dejamos arrastrar? Vale, pero de amigos. El cine, una excursión, un comentario de texto. Tenía casi pánico a los chicos. Podemos intentarlo, repetía, no seremos los únicos.

El paraíso existe. Conocer poco a poco a la persona amada es descorrer cortinas que velaban la luz. “Te deseo, indefensa, como desea el niño / la piel cálida y tersa de la madre, / la leche de su luna, una caricia”. Cuando el cielo ha llegado a estremecernos, no es posible el retorno. Y una vez más nos sorprendió la vida.

¿Qué harán con este niño?, le preguntó a mi madre la enfermera, que debía pensarse que yo era muda y tonta. Serían las semanas más oscuras. ¿Y si venía enfermo? Pero ya le quería, con la inmensa ternura incomprensible que sentía por Nacho; con la entrega sin límites que ahora más que nunca descubría en los míos. ¿Y si no era capaz? ¿Y si abortaba?

Cada noche, la horrible pesadilla de terminar con todo: Me echaba yo a la orilla, dejándole el rincón a Maribel, por que no se cayera. Nos íbamos durmiendo. Y al pronto un llanto que desgarraba el alma. Allí estaba mi niña, inmóvil, pálida como nunca de cera o de ceniza. En la sábana unas gotas, un reguero, un borbotón de sangre. Me volvía a cogerla y se me despedazaba, y yo gritaba y gritaba… Pero hija, ¿otra vez? Mi madre junto a mí, como de chiquitina: Esto no puede ser, habrá que echarle arrestos.

Nunca ha estado de moda, confesarse; pero a veces es bueno desnudarse ante otro, vaciar la papelera, soltar lastre. Me quedé como nueva y tomé la decisión.

Las alas siempre crecen de dentro para fuera. Mi pancita pesaba cada vez más, me costaba moverme de rodillas. Dejé por unos meses el periódico y me dediqué a leer, a pasear, a contemplar la espera. Y a prepararlo todo: un cochecito que pudiera empalmárseme a la silla, la cunita más baja, un biberón con mango…

–Mira, ¿a quién se parece? Tiene tus mismos ojos.

–No, mamá, es el reflejo del cielo, que aún recuerda.

¿Dónde lo había visto? Ah, sí: cuando el abuelo… Seguro que bendice a su biznieto, y nos bendice.

Ahora, mientras duerme, vuelve el sol a posarse en los peluches.

María Pilar Martínez Barca

(Historias de la vida. De amor, ilusión, humor, nostalgia. Y siempre verdaderas, Madrid, J de J Editores, 2009. Del programa radiofónico “Historias de la vida”, Cadena COPE, a beneficio de Manos Unidas).

03/04/2014 03:28 pilmarbarca Enlace permanente. Cuentos No hay comentarios. Comentar.

Trenzas largas

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Ilustración: Mari Carmen Remacha

Como a Pinocho le crecía la nariz, a Mita le crecían los cabellos. Y el motivo era el mismo: la mentira.

–Mami, Carlitos me ha pegado –se quejaba la niña. Su hermano tenía solo cuatro años.

–¿Seguro? ¿No le habrás dado tú? –quería saber mami–. Entonces, ¿por qué está llorando él?

En realidad, Mita le había quitado un caramelo. Se había acostumbrado a mentir igual que a llevar gafas, a la piel pecosa de su rostro o al color pelirrojo de su pelo, que crecía y crecía y crecía cada vez que decía una mentira. Era así: una niña mentirosa.

–¿No os daban hoy las notas? –preguntaba papá.

–No, todavía no. La semana que viene, ha dicho la señorita.

La verdad es que Mita había sacado un 3 en Matemáticas. Y claro, no quería enseñarlas.

Pero Mita tenía otro problema. Cada vez que decía una mentira más gorda, un poco seria, sus trenzas, que con tanto cuidado le peinaba mamá, se le ponían tiesas: una a un lado, la otra al otro. Y empezó a sentir vergüenza.

En clase, levantaba la mano solo cuando sabía la respuesta. En casa, intentaba no engañar a los mayores –aunque algún gazapo siempre se le escapaba–, ni quitarle las chuches a Carlitos. Lo peor, o mejor, estaba por llegar.

Un día, en el recreo, Adrián le cogió la mano y, sin querer, le dio un besito.

–¿Me quieres? –le preguntó su compañero Adrián.

Mita se quedó como muda. Negó con la cabeza. ¡Horror! Las pecas de su rostro se volvieron como moscas negras, en su piel enrojecida. Bajó los ojos al suelo avergonzada. Y las coletas… parecían volar de su cabeza. ¡Qué fea! Se tapó la cara y se echó a llorar.

–¿No me quieres? ¿No? ¿No? –insistía el niño.

Su compañera, Mita, le miró de reojo, le sonrió y, como sin querer, le devolvió su beso.

–¡Sí, te quiero! –soltó al fin la pequeña.

Y desde entonces, sus trenzas ya no estaban tiesas. Su bonito cabello pelirrojo, que empezó a soltarse por la espalda, crecía lo justito, pero no exagerado, como antes. Se sentía querida, ya no tenía que mentir.

María Pilar Martínez Barca

(Cuentos para compartir, Zaragoza, edición de los autores –en beneficio de ASPANOA–, 1.ª edición, diciembre 2013).

 

03/04/2014 03:18 pilmarbarca Enlace permanente. Cuentos No hay comentarios. Comentar.

Trenes en sepia y luz

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Siempre me gustó el mar. Venían a la casa los primos, preguntándome: ¿Cómo es el mar? ¿De verdad es tan grande como dicen? ¿Es azul? ¿Tiene fondo? Estábamos preparando las maletas, el cubo, el flotador, bañador y toallas, y sueños, muchos sueños de caricias de arena, y sol, y ondas, y espuma... Y humedad en la piel y entre las sábanas, reencuentro con amigos, campanillas abiertas a la noche, o charlas nocherniegas, al cálido relente de unos cestos de mimbre ... allá, en La Malvarrosa.

Cogíamos el tren en plena noche. ¿O era a la tarde acaso? No sé. Pero cenábamos, conversaba mi madre, y la tía –siempre, o casi siempre, subíamos las tres–, con nuestros convecinos de vagón, pasábamos largos ratos en silencio, corridas las cortinas. Y al tiempo, podían ser quizá dos o tres horas, nos acostábamos, me acostaban más bien, tumbada a lo largo del asiento, con mi madre a la orilla porque no me cayera. Entredormía sólo. Y el corazón del tren, su traqueteo rítmico y monótono, se unía con el mío, soñando y trasoñando ideales paisajes, luces blancas en medio de lo oscuro. Había unos momentos de silencio absoluto, infinito, roto apenas por unas voces lejos, muy lejanas. Me apagaba un instante. Quiero agua, mamá. No podía dormir. Me incorporaba, y bebía. Cierra los ojos, duerme, que ya nos queda poco. Volvía a entredormirme, a perderme en el ritmo, a apagarme... ¿Amanecía ya? ¿O era otra estación? ¿Qué hora es, mamá? Sólo las cinco, duerme.

Por fin, esclarecía tras la lonilla leve, en la ventana. Y comenzaban a dibujarse los contornos: los asientos de escay, separados por altos cabezales; los viajeros, severos, cabeceando a veces en la penumbra; y arriba, el equipaje. Pasaba una vez más el revisor. Y entre la duermevela, se abrían las ventanas y empezaba a correr todo el paisaje. Postes de luz, los cables, la sombra de matojos y naranjos, montecillos, llanuras, postes de luz, más cables. Y el corazón, agitado por momentos. Y de nuevo la noche, y una luz blanquecina, y el túnel que pasaba. Unos tonos más suaves. La leche –el viejo termo–, unas galletas, y el sol que iba exprimiendo las naranjas y tintando de vida en derredor. Falta ya muy poquito, dos paradas. Postes de luz, y cables, las manos sudorosas. Allá abajo, la tía Angelines. ¡Qué meses tan intensos! Muy dentro me saltaba la alegría, la emoción, la ternura.

Dejada la estación, se abría todo un mundo, un universo, un amplio paraíso para mis años breves. El humo de la vieja chimenea ondeaba a la luz.

* * *

La casa estaba húmeda, impregnada de mar. El cuarto, más bien chico, olía a brea, a sal, a rescozor de piel y de entresueño. ¡Aún recuerdo las siestas, cansadas como estábamos de tanta arena ardiente! El salón, ya más amplio, donde el hijo menor jugaba a construir en plastilina graciosas miniaturas; y el mayor, a vueltas con el fútbol y con su silla de ruedas, que se habría marchado para siempre al siguiente verano. Y aquella mecedora tan curiosa, de madera, que tanto me atraía. Y la puerta, infinita, extraordinaria a mis ojos de niña soñadora, que se abría a un mundo, a una noche sin límite, a una amistad por siempre revivida.

La mañana, en la playa, era como un gran lago de caricias. La arena, más que cálida; la luz, tornasolada a la sombrilla, o cribada muy fina por el sombrero nuevo que me cubría el rostro, tendida, relajada. A lo lejos, tan cerca, las voces semioscuras de la gente, como una algarabía de abejas en labor, y las sombras apenas entreoídas, y un rayito de azul entre las pajas. Y los baños de mar, inmensos, y agridulces, porque temía a lo alto de las olas. Cogida de mi madre, y el flotador de cisne, salvada del ahogo, mansamente mecida, arriba, vuelve, abajo. Otra ola que viene, arriba, nada. Y el cariño sin límite, y los besos sin fondo de mi padre, y del tío. Y aquel rozarme suave, por mí misma, la piel, como se roza, leve, una corola aún sin despuntar.

El placer continuaba igualmente en la tarde, mientras que paseaba con mis padres, o con Javi –a quien había ya entonces conocido–. Barracas, anchos campos de hortalizas, pendientes de naranjas en los árboles, casitas con jardín, calle arriba, o abajo, tan amada. De vez en cuando, lejos, el silbo de algún tren. Paraíso quebrado, solamente, cuando caía enferma y habían de ponerme una inyección. Cambiaban circunstancias y lugares, personas y horizonte, pero siempre era igual. Se nublaban las luces violetas, y un temor, más que inmenso, incomprensible, me embargaba el alma y la razón. Era como si se esfumara esta realidad de abajo, la tangible, y un sueño o pesadilla inexistente lo fuera transformando todo en niebla, o sombra, o ansiedad.

¡Y la noche! Qué profundo su océano. Recuerdo que tenía dos portones. La puerta más pequeña daba al patio de atrás, aromado de zumos, hierbabuena, y la sutil belleza de unas flores chiquitas, campanudas, que tan sólo se abrían a la luz de lo oscuro. Pendientes de la reina creo que se llamaban. La sombra convocaba a la gran fiesta. Unas sillas de enea en los umbrales, y aquel círculo enorme, charlábamos, reíamos, se contaban mil chistes y alguna vieja historia caída de las manos. Allí, durante el día, se cosían canastos, y sombreros, y esteras. Todavía conservo mi adicción a la luna y una pequeña cesta, color crema, o arena, ribeteada de rosa.

La otra puerta, la grande, se abría por delante de la casa y daba hacia la calle principal. Allí, tras de la cena, quedábamos las tres. No recuerdo sus nombres. Y creo que la una venía de provincias, como yo, mientras la otra vivía acá, en Valencia. La noche se inflamaba, como un globo, pero sólida y firme, como un amor que nace, y va alumbrando esquejes, y raíces, y hojitas todavía temblorosas. Un amor inocente que nada espera, y crece, crece, crece, hasta amparar los pájaros más altos, las últimas estrellas, la nata en flor, o queso, de la luna. Nos hicimos amigas. Mis primeras amigas, quizá únicas, con las que conversar de tantas cosas, con las que compartir tantos delirios, y juegos, también juegos, con las que compensar tantos ensueños. ¿Me había enamorado? Sólo sé que no quería ya volver, retornar al origen, dejar el paraíso. ¿Por qué papá no viene a trabajar, y nos quedamos siempre? Se borraba la noche, toda vez que me hablaban de regreso, de viaje, de estaciones. Y no veía nada, nada, nada. Lloraba, solamente, como un volcán que tiembla, como un niño, o un río desbordado. ¿Nos quedamos, mamá? Y me miraba tierna, con una compasión sin horizonte.

Pero el tren no paraba, nunca para. Y estaba ahí, esperándonos. Casi nada recuerdo de este viaje. Las idas de los  trenes son hermosas, y qué triste el retorno. Quizá, sólo una noche larga, larga, larga... de túneles que se iban sucediendo, oscuro tras oscuro, y un ritmo ya aburrido, y un corazón cansado. En tanto amanecía, la gente se asomaba a la ventana interior, del pasillo. Postes sin luz, y cables. Postes de luz cansina. Una línea monótona en el aire, y trigales doblados, y peladas planicies sin final. Un niño que lloraba, y voces confundidas, y otro túnel, y otro. Y el traqueteo rápido, y el alma acelerada, y mis manos, muy secas –no había ya emoción–. Y otro túnel, y otro. Ya, la vieja estación, y nuestra casa. Y unos bellos recuerdos que desgranar despacio. El tren, como la vida, no paraba. Pero paraba el tiempo.

* * *

En otro tiempo, un niño abre y cierra vagones, se asoma a la ventana, sale, vuelve. Es inquieto, es chiquito, todavía curioso. Ve por dentro las cosas. Quiero hacer pis, mamá. Sale, vuelve, retorna. Y el tren que continúa, y el corazón no para, y la vida… Raíles, estaciones, nuevos postes de luz. Vamos a la cocina. Estamos en el tren, ¿no ves las nubes, cómo corren? ¿Y qué es el tren, mamá? Cables de luz, y postes, y el cielo azul y límpido. Y la ignorancia pura que todo lo descubre.

Es mi hermano. Aquel verano quedaron unos días en la casa, porque estaba enfermito. Iban a nuestro encuentro. Creo que era otro espacio, ¿o era el mismo? Era acaso otro tiempo, de plenitud naciente. Compartíamos sueños e ilusiones, y una arena caliente, y un mar manso. Se alzaba alguna ola, juguetona, y reíamos. La casa, los paseos, las barracas, los naranjos pendientes del azul. Y la noche, también, la noche compartida al cálido relente de la luna, y de flores abiertas, y de mimbres… Y la plaza, esa plaza por la que zureaban las palomas, entre gente, entre pasos. Corre, vuela paloma, que te pilla ese coche.

Le llevaba ocho años. Pero la edad no cuenta cuando eres tan feliz, tan desnudo, tan frágil. Compartíamos sueños y juguetes, y la arena, y el mar. Compartíamos todo, casi todo, durante un tiempo de luz que se iba extendiendo, lento y manso, como el mismo horizonte. Aquel tren, tan cercano, me lo trajo a la vida.

* * *

Hay otro tren, acaso más lejano, que se pierde en las sombras del recuerdo. Túneles y más túneles, y montañas oscuras. ¿Dónde están las ventanas?, ¿por dónde la estación?, ¿dónde el raíl? El escay se pegaba a nuestra piel. Hacía sueño, y noche, y un calor como pocos, y oscuridad, y túneles, muchos túneles…

Más allá del andén, reposaban las ruinas de una ciudad muy vieja, muy antigua. Pasábamos por ella un día y otro día para ir a la playa. Parece que recuerdo escaleras, y rocas, y un terreno muy áspero. Más allá, estaba el mar, y un horizonte azul, creo, de infancia, y una arena muy suave acariciándonos. ¿Tiene orilla el ensueño? ¿Y la felicidad? Eran días iguales, esféricos, de limbo. Un tiempo sin memoria, todavía.

Se me borran las calles, los paseos… Se me borra el aroma de la noche. Y los rostros, idénticos.

¿Y la casa? Más que cuartos, oquedades. No recuerdo. Pero sí, una cocina, una terraza acaso, ¿un pasillo? Y la ausencia. El silencio. La señora Elena, ancianita con gafas, los cabellos oscuros y el corazón enfermo, que alquilaba su espacio en los veranos, se murió, de repente. Y cerraron la puerta. Desde entonces, tengo miedo a lo oscuro.

De Tarragona acá, sólo olvido, distancia. Hace ya tantos años… Ni asientos, ni duermevela lenta en un vagón monótono, ni ventana, con cortina de lona y anilla de metal, entreabierta a la luna. Se me fueron los nombres de los labios. Noche oscura. Silencio.

* * *

Primeras estaciones. Crecemos con los trenes, con los años, con los seres queridos que viajan con nosotros. Después, la soledad; el estudio en la casa, con mis padres; mi otro hermano. Y un traqueteo lento, todavía. La adolescencia, el amor platónico, la universidad… Y postes, y más cables, amigos, más amigos, la sombra de una casa, y el vuelo de un vencejo sorprendido al trasluz de la ventana. Y unos primeros libros, mis colaboraciones periodísticas, el sueño de otro andén, de otro horizonte. Más rápido, más deprisa el paisaje, apenas sin sentirlo ya el transcurrir del tiempo y del vagón, las siluetas de afuera, la vida de aquí dentro, las montañas, los rostros. Un túnel, luces intermitentes, el amor, sentir a plena luz, a pleno cielo, unas nubes vespertinas que lo iluminan todo. Sombras, rostros, siluetas, alta velocidad, vida que se derrama sin percibir ya casi el movimiento. Y la ausencia de aquellos que viajaron conmigo, y unos niños pequeños, y ramas, y un vuelo de milésima de instante, y letras electrónicas, y estaciones con wifi, y una voz que lo desvela todo: “subir”, “abrir puertas”, “acomódese”, “puede usted asomarse al paraíso”.

Hace poco, mientras me subían en el AVE, comprendí: No hemos cambiado tanto. De bebé yo viajaba en mi silla, como ahora.

(Relato finalista III Concurso Nacional de Relatos "Mujeres Viajeras").

Fuente ilustración: forocoches.com

08/06/2011 01:04 pilmarbarca Enlace permanente. Cuentos No hay comentarios. Comentar.


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