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La lampara encendida

El verso luminoso y circular

El verso luminoso y circular

POESÍA. FERNANDO FERRERÓ, EL PATRIARCA DE LAS LETRAS ARAGONESAS, PIBLICA CADENCIA.

Poesía aragonesa, Cadencia, Fernando Ferreró, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, Colección La Gruta de las Palabras, 2015, 50 páginas.

A Fernando Ferreró (Zaragoza, 1927) se le ha definido como poeta intelectual, elegante, puro; entroncado de la generación del 27 a la del 40. En su primer poemario, Acerca de lo oscuro (1959), refundido en 1982 en De la cuestión y el gesto –junto a Hacia tu llanto ahogado (1960)–, se encerraba ya toda su semilla.

De sus padres, maestros, le vendría la savia de Ortega y Gasset y María de Maeztu. La Guerra le dejó sus cicatrices, transfiguradas en lírica. San Cayetano, el colegio Santo Tomás de Aquino o el Café Niké, amigos para la memoria –los Labordeta o Ildefonso-Manuel Gil–. Salamanca, sus años fecundos de estudiante. Benicarló y Alfaro, donde es profesor de Lengua y Literatura, el mar, sabrosas cartas con Manuel Pinillos o el amor a Pilar, la fiel esposa y compañera. De sus viajes a Europa, experiencia y saber.

“Pero mi carrera literaria empezó de verdad en La densidad implícita (1988), que se completó con El texto mínimo y Perfiles (1988) y El paisaje continuo (1989). Entonces ya conocía bien a los expresionistas alemanes como Paul Celan. Estaba más al día, y vaciaba lo que estaba dentro de mí”, refiere en una entrevista a Antón Castro.

De Falacia y Ácromos, a Variaciones sobre un contexto inestable y Memoria, el amor, la forma, la esencia, el engaño, el tiempo. “Mis libros se van organizando mediante fragmentos con un sentido claro en la estructura. Y en la obra plástica me ocurre algo semejante: encuentro cosas, utilizo fragmentos acabados e independientes y los voy uniendo en un todo”, nos comenta.

Esa misma unidad continúa en Cadencia, círculo que se cierra y permanece. Así en la dedicatoria: “Como siempre, a Pilar”. Se inicia con un verso contundente, epigramático: “No comprendo el escrito / que llena el mundo” (pág. 9). El desconocimiento conlleva equilibrio; destierro junto a paz interior, de una luz no habitual: “Caminar junto al agua. / Sentirse azul bajo la tela / de un cielo que ilumina la tarde. / Mirar al interior de la esfera / o a lo íntimo que vive exaltado. / Este, pienso, es mi oficio (pág. 12).

Desde fuera, vislumbro una leve diferencia respecto a otros libros: la oscuridad, el ocaso de la vida –que se iban ya esbozando–; pero desde la calma de quien ha vivido la más hermosa plenitud. El “suave gris del alba”, “olores de humo”… el poeta sigue dibujando bellísimas sinestesias que enlazan con el todo.

“La inmóvil estructura se baña / en los ocultos pensamientos / que fluyen con el alba” (pág. 40). Y otro verso significativo: “Actitud reflexiva / del pensador entre sucesos / inquietantes” –pese a los tranvías incisivos”– (pág. 15). El nuevo pensador del siglo XXI.

“Al tender el espíritu / sobre la realidad contigua / entramos en la esencia / de la vida” (pág. 21). Paradójicamente, se busca la caverna, el acto inicial del intelecto (pág. 27). Es como si nos encontrásemos ante un ensayo lírico sobre la oscuridad, no solo metafórica, más clarividente y luminosa, directa y comprometida con el ser que en los primeros libros del poeta.

Y vuelve a encenderse la llama primigenia: “Terribles fuegos hacen / la aparición desesperada / sobre las páginas vacías. / Convulsión del espacio / desierto” (pág. 20). Lírica de lo cotidiano a flor de corazón: “Florecen al teléfono / malvas y largos tallos / que vienen de otra parte. / […] / El poeta aguardaba / un suceso ordinario / para hacerlo retórico” (pág. 22).

Sin embargo, es consciente de sus “Versos cerrados, / fruto para el esfuerzo” (pág. 24) –casi al modo del Paraíso de Soto de Rojas–. Antes las palabras significaban; ahora “Las paredes que habito / cubren de soledad su relato” (pág. 30). Y a la vez “Todo parece que emana / de mis ojos y surge / un mundo apaciguado” (pág. 36).

Fernando Ferreró se reconoce, auténtico como nunca: “Atardecer en los rincones / de mi cuerpo. Se queja / la forma articulada. / Te rodean siluetas / de inciertos pasajeros. / Olor a sombra oscura” (pág. 37). Y se escucha a sí mismo en íntima cadencia heptasilábica: “Escapa del dominio / del invierno que viene / […] / Refúgiate en la dicha / de acudir a lugares tranquilos” (pág. 39).

Los modelos de su estructura lírica –Bécquer, Juan Ramón, Jorge Guillén, Eugenio Montale– quedaron superados. Ha llegado a su círculo perfecto: “Vuelve al verso inicial / ‘adivina tu nombre’” (pág. 25).

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, "Artes y Letras", jueves 18 de junio de 2015).

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