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La lampara encendida

Trenes de ida y no vuelta

Trenes de ida y no vuelta

Foto Víctor Mateo / Heraldo

“Cogíamos el tren en plena noche. ¿O era a la tarde acaso? No sé. Pero cenábamos, conversaba mi madre, y la tía –siempre, o casi siempre, subíamos las tres–, con nuestros convecinos de vagón, pasábamos largos ratos en silencio, corridas las cortinas. Y al tiempo, podían ser quizá dos o tres horas, nos acostábamos, me acostaban más bien, tumbada a lo largo del asiento, con mi madre a la orilla porque no me cayera” (“Trenes de sepia y luz”).

Asientos todavía de escay y vagones de madera. Quizá por esa sensación de sentirme protegida nunca temí a los trenes. Sí a un viaje en coche –me mareaba–; y al avión–. Y el tren como medio de trabajo de mi padre, en el coche correo, repartiendo la correspondencia. “Por fin, esclarecía tras la lonilla leve, en la ventana. Y comenzaban a dibujarse los contornos: los asientos de escay, separados por altos cabezales; los viajeros, severos, cabeceando a veces en la penumbra; y arriba, el equipaje. Pasaba una vez más el revisor”. Íbamos a la Malvarrosa.

“La casa estaba húmeda, impregnada de mar. El cuarto, más bien chico, olía a brea, a sal, a rescozor de piel y de entresueño. ¡Aún recuerdo las siestas, cansadas como estábamos de tanta arena ardiente!”. Después vendría Tarragona. Y la idas y venidas al pueblo, cuando todavía no había ni teléfono fijo, y el tío Ángel tenía que salir a buscarnos a la estación de Rebollo de Duero. “Pero el tren no paraba, nunca para. Y estaba ahí, esperándonos. Casi nada recuerdo de este viaje. Las idas de los trenes son hermosas, y qué triste el retorno”.

Luego vendría el sur: Espiel o Lucena en Córdoba, Santa Justa en Sevilla. Y en coche o autobús a Cádiz, Jaén, Málaga, Granada, Almería… “Y unos primeros libros, mis colaboraciones periodísticas, el sueño de otro andén, de otro horizonte. Más rápido, más deprisa el paisaje, apenas sin sentirlo ya el transcurrir del tiempo y del vagón, las siluetas de afuera, la vida de aquí dentro, las montañas, los rostros”.

Pero a veces sucede, como ahora en Adamuz, que el tren se confunde de línea, y el tiempo descarrila, y la vida se detiene, para siempre. Daban 2, 7, 11, 21, 32, 40 fallecidos. Y el número de heridos, ingresados en UCI, sepultados, sigue creciendo. La angustia toca el cielo y la noche más oscura. ¿Solo restos de restos, muerte, escoria? Permanece la vida y lo vivido, el amor, la esperanza.

María Pilar Martínez Barca es doctora en Filología Hispánica y escritora.

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "El foco", domingo 25 de enero de 2026).

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