Primavera versus poesía
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El equinoccio de primavera, cuando los dos polos terrestres están a la misma distancia del sol, marca el inicio de la nueva estación. Este año fue el pasado viernes, 20 de marzo, a las 20 horas 46 minutos, hora peninsular. Tiene una duración de 92 días y 18 horas, finalizando el 21 de junio, fecha de inicio del verano.
“La primavera ha venido, / nadie sabe cómo ha sido”. Estos populares versos de Antonio Machado pertenecen a Nuevas canciones (1924), ya en Segovia, tras sus estancias en Soria y en Baeza. Porque al día siguiente, 21 de marzo, se celebra el Día Mundial de la Poesía, proclamado por la UNESCO en su 30ª Conferencia General en París, el 16 de noviembre de 1999.
“Pulida claridad de piedra diáfana, / lisa frente de estatua sin memoria: / cielo de invierno, espacio reflejado / en otro más profundo y más vacío”. Así describía “La primavera a la vista” Octavio Paz, con esa calma del cielo y de su espíritu. ¿Cómo la lograba? Y aunque la primavera sea en ocasiones en nuestros días sinónimo de alergias y un no parar de ruidos, de esta forma la revive Pablo Neruda en su poema “Con Quevedo”: “El cielo inextinguible, el aire nuevo / de cada día, el tácito fulgor, / regalo de una extensa primavera. / Sólo no hay primavera en mi recinto”.
Todos los poetas la han cantado, y no voy a detenerme en cada uno de ellos. “Eres la primavera verdadera; / rosa de los caminos interiores, / brisa de los secretos corredores, / lumbre de la recóndita ladera” (Juan Ramón JIménez). Y tantas mujeres olvidadas, como Ernestina de Champourcín: “¡Toda la primavera dormía entre tus manos! / Iniciaste en un gesto la fiesta de las rosas / y erguiste, enajenada, / esa flecha de luz que impregna los caminos. / ¡Toda la primavera!”. O las llamadas “Sin sombrero”, de la generación del 27.
Afortunadamente hoy las cosas han cambiado. Ahí está entre muchas la antología YIN. Poetas aragonesas (1960-2010), editada por Olifante, en la que tuve el honor de participar. Y ahora, cuando mujeres y hombres vamos camino de la igualdad, como el día y la noche en los equinoccios, resalto este poema que escribí a mi primavera, mis sobrinos: “Si un árbol o una simiente os puede definir, / es el ciruelo rojo: / por su asombro, y su inocencia exótica, y su hermosura, / y porque igual que vuestra savia // incendia el horizonte al despertar” (El penúltimo ocre).
María Pilar Martínez Barca es doctora en Filología Hispánica y escritora.
(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "El foco", domingo 22 de marzo de 2026).
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