Ser madre hoy
Foto archivo familiar
Todos tenemos una madre. La mía, como muchas, se encontró con una sorpresa al dar a luz: “… estrellitas menudas de la infancia / en vuestra casa, padres, que tuvisteis / una niñita herida por el dedo de Dios / y dos vástagos bellísimos y sanos” (El penúltimo ocre). Parálisis cerebral infantil por sufrimiento perinatal. Los médicos no sabían.
A veces me pregunto cómo llevarían mis padres y mis tíos, que siempre vivieron con nosotros, aquel accidente inicial. Sin embargo, recuerdo una infancia feliz: “Tu madre, aquellos párpados de azucena y escarcha, / siempre estaba contigo: / compañera en la noche del desvelo / y a la sombre apacible de los días felices” (Epifanía de la luz). Las madres entonces no eran como ahora. No trabajaban; no migraban a un país lejano, dejando a los hijos a cargo de la abuela o de una tía; engendraban y parían cuando la naturaleza lo marcaba.
Tan apegada a mi madre estaba, que cuando bajaba a por el pan atisbaba sus pasos en la escalera: “El tiempo ha desgastado los tacones, / mientras la arena cae / en la oquedad vacía de tus párpados. / Tan apenas una niña, los escuchabas / subiendo y bajando la escalera / de la infinita caracola” (El penúltimo ocre). Enferma y en mis triunfos, en las ausencias de papá, que tanto viajaba en el coche correo, siempre estuvo a mi lado. También en la diferencia: “Mamá, yo estoy aquí, siempre lo he estado, / amándote, adorándote a mi manera, / desde mi rebeldía / y este espacio de luz y de arco iris / no eternamente compartidos”.
Y es que mi madre, en casa, me enseñó a leer. Y soportó vaivenes y alegrías, celebraciones y bajadas. Y un día, sin previo aviso, o acaso sí, tú te conviertes en madre: “Maestra, confidente, modista, peluquera, / tú, que nos preparabas / las más sabrosas tartas, las recetas de siempre / recreadas con mimo. / Ahora, en la vejez, / quieres marchar al pueblo con tu madre / y a mí me ves como mamá” (Péndulo y paloma).
Solo entonces comprendes por qué deseas, como Oriana Fallaci en su excelente libro Un sombrero lleno de cerezas, acunar a esos seres que te dieron la vida, “cantarles otra vez la canción de la siega, / como cuando su madre los dormía / en la cama de hierro donde los diera a luz”. Ser madre, ayer y hoy, es un prodigio.
María Pilar Martínez Barca es doctora en Filología Hispánica y escritora.
(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "El foco", domingo 3 de mayo de 2026).
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