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La lampara encendida

Una lanza por el amor

Una lanza por el amor

Foto Francisco Javier Martínez

Siempre soñé con el amor, desde la adolescencia: “A veces, cuando miro por tus ojos, / es hondo el horizonte, se respira / el fondo de los mares, lo infinito” (Septenario de amor, premio Universidad de Zaragoza 1992). Era un amor platónico, no real. Los sentaditos, discapacitados o personas con diversidad funcional, con frecuencia lo vivimos de otra forma. Podemos ocultarlo, sublimarlo, obsesionarnos con un deseo no siempre permitido familiar ni socialmente, todavía. ¿O cada cual lo vice a su manera?

¿Serían mis poemarios Flor de agua e Historia de amor en Florencia una forma, en cierto modo, de sublimación? Luego he visto que no. Amor místico y humano no son amores contrapuestos, sino dos hechos íntimamente complementarios de sentir y expresar la misma realidad. Quien lo probó lo sabe, diría Lope.

Y como siempre, la realidad supera a la ficción. Vecinos desde siempre de barrio, parroquia y facultades colindantes, iríamos a conocernos en Orio (Guipúzcoa), en un viaje de Semana Santa organizado por Fundación DFA, cuando los recursos eran algo mayores –no sé qué pasó tras la pandemia–. En la siguiente excursión, a Donosti –que iba a ser mi tercera patria, tras Zaragoza y Soria–, me sabía ya enamorada. Y poco después, en San Vicente de la Barquera (Cantabria), escribí estos versos, aparentemente espirituales: “Espíritu profundo de las aguas, / el fuego y las simientes. / Silencia mis tormentas interiores. / Inhala por tu aliento la belleza / última del amor” (La manzana o el vértigo).

Y llegó la presentación a la familia, como es habitual en las parejas: “Muchos años después, cuando el amor / tomó el rostro cercano de la persona / a quien tanto he querido y sigo amando, / lo invitaste a entrar en nuestro nido y compartir hogar” (Péndulo y paloma). En estos 27 hermosos años he conocido la embriaguez del primer beso, en lenguaje teresiano; hemos despedido a mayores y acogido a los nuevos rebrotes del árbol familiar.

Hoy cumples primaveras y nos sabemos eternos. “La eternidad sigue perteneciéndonos / redondamente plena, rebosante, / grávida de simientes y hojas frescas. No tendríamos / de temer jamás a los incendios. / Nos hicimos perennes, como el canto / del cisne y del pelícano” (El penúltimo ocre). ¡Felicidades, Jesús!

María Pilar Martínez Barca es doctora en Filología Hispánica y escritora.

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "El foco", domingo 24 de mayo de 2026).

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