Blogia
La lampara encendida

Asistencia, cuidados y precariedad

Asistencia, cuidados y precariedad

Foto cartel de la película Yo no moriré de amor

Se ha paralizado la regularización de inmigrantes para permiso de residencia y de trabajo; muchas trabajadoras del hogar y asistentas no van a poder cotizar para su jubilación. Pero no se trata de eso, de meter a todas las personas en el mismo saco, sin pasar al menos por un mínimo filtro de formación.

Deberíamos hacer cuatro o cinco grandes bloques: cuidado de niños, enfermos, personas con discapacidad y ancianos. Aparte de las empleadas domésticas o de hogar, que es otro capítulo. Estamos ya cansados de que, en los años que lleva la Ley de Dependencia, con sus sucesivas implementaciones, no se haya buscado todavía la forma de poner en su lugar la figura del o la asistente personal y se la equipare con las tareas domésticas, o como mucho la ayuda a domicilio.

Por lo que a mí y a muchos nos concierne, ha bajado muchos puntos la atención a la diversidad funcional, y nuestra inclusión como ciudadanos, desde los años 70 y 80. En mucha de la obra nueva en construcción, realizada en su mayor parte por asalariados inmigrantes, no se tiene en cuenta la anchura para sillas ni un insalvable escalón. A duras penas te ceden el sitio si no avisas en el autobús o en el tranvía. Y no hemos vuelto tan invisibles que la gente se te mete en las ruedas, cuando vas por la calle.

Inválidos, minusválidos, discapacitados, diversos funcionales; integración, inclusión. En esto sí hemos avanzado en el lenguaje, no en la realidad. Lo mismo con la enfermedad, y más en el último tramo de la vida o fase terminal. La película “Yo no voy a morir de amor”, de la directora novel Marta Matute, describe bellamente el proceso. Una madre de mediana edad enferma de párkinson y alzhéimer. Durante los primeros años, es el esposo y sus dos hijas, Claudia e Inés, quien la cuidan en el hogar. El progresivo deterioro va marcando la reestructuración de la familia y los roles sociales –se alejan los amigos–. Al final, tirar de residencia, no queda otra.

Frente al cacareo de la muerte digna, cuidados paliativos, hospital y presencia de los seres queridos hasta el último momento. El vaso de café y el cigarrillo a medio consumir, absoluta naturalidad ante el hecho de morirse. Nos urge educar la sensibilidad.

María Pilar Martínez Barca es doctora en Filología Hispánica y escritora.

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "El foco", domingo 31 de mayo de 2026).

0 comentarios