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San Valentín de viento

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Foto: Jesús Alba.

Pensábamos celebrarlo en el circo, que está frente a mi casa, cuando mira por dónde empezaron a desmontar la gigantesca lona que alberga tantos sueños e ilusiones, y miradas de asombro de niños y de grandes. Nuestro querido cierzo, entrañable y traidor, amenazaba con hacer de las suyas.

Otra parte de las semillas cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz” (Mateo 13, 5-6). Así es a veces el amor. Las relaciones interpersonales, de uno u otro sexo, se dan a todas luces con más precocidad –si bien una digamos tía tatarabuela contrajo matrimonio a los doce años–. Ahora el wasap, la tablet e Internet les hace conocer a los jóvenes, en el sentido bíblico, a edades más tempranas.

Sin duda con la crisis, las separaciones han disminuido, no sé si en paralelo al precio de la vivienda. Pero el amor eterno se quedó en el limbo de los cuentos, el cine y la literatura. Nadie duda de las buenas intenciones ni de las promesas de los tórtolos, pero el día a día es cuestión aparte. Y excepciones las hay que lo confirman.

¿Un médico sacerdote que casaba en secreto a los soldados? ¿Un obispo italiano? ¿O aquel otro mártir de la provincia romana de África? Todo apunta a que San Valentín vivió y fue sacrificado en el siglo III de nuestra era, cuando el emperador Claudio II perseguía el enlace cristiano del amor. La Iglesia dejó de celebrar su patronazgo por tratarse de un santo más legendario que documentado en la Historia. Hoy se intenta volver a las raíces.

“Hoy nadie nos aguantamos”, se escucha en la calle. Y un poco sí es verdad. La lupercales romanas, fiestas paganas iniciático eróticas –algún atisbo queda por Galicia– se han sustituido por las ventas, los juguetes sexuales y las cenas románticas con velitas y champán. Aunque en los últimos años las hagamos domésticas, con pizzas anticrisis compradas en el híper. Y nos quedamos inflados y vacíos, como buñuelos de viento.

¿No será que construimos sobre arena y el cierzo amenazante nos derriba la casa de los tres cerditos? Nos falta pasar como pareja por el crisol que purifica; crecer y envejecer cogidos de la mano y la mirada atenta y encendida. Nos falta corazón.

Menos mal, fue una falsa alarma: la carpa volvió a levantarse, descomunal e íntima. ¡Podemos ir al circo! Y disfrutar, como niños, y volver a enamorarnos. El amor, de adobe y de estrellas, sigue siendo real.

María Pilar Martínez Barca

(Heraldo de Aragón, "Tribuna", "Día a día",  viernes 14 de febrero de 2014).



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